“Bendito sea dios (..) por no
haberme hecho mujer”
dicen los judíos en sus oraciones matinales,
mientras las mujeres dicen
“bendito sea dios que me ha creado a su voluntad”
*Tono de cortés indiferencia* Al final de cada día la única
satisfacción que queda es haber actuado bajo el estandarte de la pasión. El
hecho de asumir completamente ese gesto heroico. No dejarse consumir por
aquella frase: alguien tiene que hacer el
trabajo sucio. En la vida sólo hay campo para el juego entre las reglas no
escritas, ese juego es la ética. Por ejemplo el amor se encuentra en nuestros
días dentro de una perspectiva paranoica, lo hemos convertido en algo abstracto
porque lo sustrajimos de su base socio-ideológica en la cual nació, la nada. En
el mundo occidental estamos inmersos en los estúpidos placeres diarios, nuestra
guerra no es contra las otras civilizaciones. No, la nuestra es contra nosotros
mismos. Contra la poderosa maquina cultural que nos invade nuestras esferas más
individuales, de ahí nuestra impotencia y disfunción eréctil. A mi me molestan
muchas cosas, pero quizá la que más es esa amalgama de cosas llamada
humanidad, esa chusma de gente, rica o pobre, que cree que al elegir lo hacen
con su aparente claridad cuando lo único que está aconteciendo es un mistificación
del objeto del deseo. La libertad sólo se alcanza en un perpetuo avance hacia
otras libertades.
No soy más que la creencia que
tengo sobre mi. No sé si existo o si existiré siempre. No soy más que la
participación que hago en la realidad misteriosa que a su vez amenazo. Mi
carácter es una reacción secundaria. No soy más que lo que está por debajo del
horizonte de mi conciencia. El mundo está en su derecho de ser, yo me hallo en
la sinrazón. No soy más que la definición que el mundo me da, por lo tanto no
soy autónomo. Soy inesencial frente a lo descomunal que es lo esencial del
planeta. Pero, siendo así es el otro el que debe someterse a mi punto de vista
para intentar entender. Es más fácil acusarme que excusar a la humanidad.
—Sí –dije yo–; necesito tu
dinero. Pero en este momento necesito un güisqui y tu conversación.
—Sólo espero que mi conversación
este a la altura del whisky –dijo Nicolás.
—Hoy se cumple un año de mi
llegada a esta ciudad, a este país, a este continente. Y no he logrado
desembarazarme de “mi” país –dije
mientras pensaba que Nicolás siempre será solemne, lleno de gracias discretas y
nobles, con su sonrisa del Cuarto Mundo y yo siempre seré su amigo estricto,
lerdo y escrupuloso.
—Sé bien que te la pasas
sembrando secretos en todas las conciencias. Sé que le has dicho a mi novia
pestes de mi. Y hoy vienes a pedirme que te ayude a conspirar en su contra
–dijo Nicolás mientras sostenía su vaso y miraba el fondo del bar– yo creo que
lo haces porque tu vida en Europa se traduce en algo equívoco y dilatado, en
una paz pueril y amarga.
—No me importa lo que pienses de
mi –dije sin más. Mi corazón bombeaba a martillazos.
—Tu arbitrariedad la puede
percatar cualquier persona que ingrese a este recinto –dijo él, mientras su voz
grave retumbaba en mi estomago, era algo insoportable y delicioso–. Yo no te
estoy diciendo esto para causarte pena o golpes en la conciencia. No es más que
una oportunidad ética crucial, porque si no te lo digo, esto que debí decirte
me perseguirá para siempre. Porque a pesar de que no hubiese existido, su
espectro continuaría insistiendo.
—Tranquilo –dije– sé lo que es un
acto olvidado. Cohibido por la fuerza del vínculo social que reside en un acto
de solidaridad con el otro. Pero tu acto olvidado no es conmigo, es con tu
novia. Porque desaprovechaste la oportunidad de establecer una relación donde
se realizara el amor. A ti lo que te molesta es haber perdido la oportunidad
revolucionaria de un cambio.
Sus almas se encontraban de nuevo
en aquel limbo a donde llegaban cuando sus cuerpos dormían. No era como los
Campos Elíseos, era más bien como Bifröst. Tenían que recordar que el Doxa de
la postmodernidad sobre la “realidad” es un producto del discurso, una ficción
simbólica que es desapercibida como una entidad autónoma substancial. En otras
palabras, debemos distinguir cual parte de la realidad está transfigurada como
fantasía.
–Hoy nuestros destinos vuelven a
emparejarse, hoy mi corazón está desierto, por eso levanto la cabeza hacía ti
–dijo ella –en este momento allá ya no es mi cumpleaños y más allá de eso,
quizá en unos meses vivamos en el mismo uso horario. Tal vez algún día formemos
parte de un menages à trois, no
distingamos de confesiones terrenales, dejemos de posar con el vino y los
quesos, supere tu estado antiburgués, porque al final de ti sólo quiero tu
parte más simple: la fachada.
–Te he estado observando desde mi
lado del mundo y veo a tu alrededor los escombros del porvenir, el supuesto
amor por aquél otro ser. El embarazo de tu amiga, el dinero de tu madre, pero
en el centro de todo recuerdo como solía posar de lector, ahora de escritor
–dijo él con su apasionada explosión de afecto ante ella con su fría distancia
desapasionada.
–Cuando camino al trabajo y veo
el triste desfile de edificios de la Carrera 15, me invaden los recuerdos de mi
infancia, mis sueños de libertad, de grandeza, y me doy cuenta que aún estoy
rodando sobre esas memorias. Y no soy yo la que se aparta de esas felicidades,
son ellas las que se alejan de mi. Los días que se fueron tienen derecho sobre
mi, porque son como yo, maduros, cansados; esos días mantienen sus exigencias
sobre mi, y sufro de remordimiento porque mi presente está descuidado y
hastiado. Pero tranquilo que esto no es más que el porvenir –dijo ella, ahí en
sus sueños, a el alma de él, y entonces su cuerpo tembló en su cama. Retembló
porque lo contrario de existir es insistir, y aquello que no existe, persiste
contra la existencia. Y ella eterniza sobre su lucha contra la propiedad
privada de los cuerpos, porque según Foucault lo importante de un acto sexual
es poder ejercer “nuevas formas de vida”.
El olor húmedo del sueño lo
distraía mientras escuchaba aquél ser, aquella mujer protestar contra sus días.
Y entonces le dijo:
–Hemos rumiado nuestra juventud,
por eso no hacemos proyectos cuyo plazo no sea mayor a unos dos o tres años.
Como si no tuviéremos por delante más de cinco o seis años –le dijo él mientras
la perseguía por el vacío –sabes bien que no te propongo una política de la
felicidad, es más bien una exploración de la libertad.
A ella la hubiese encantado escuchar
lo que él decía, pero quería comprender a medias lo que le había dicho, para no
romper el encanto. Mientras sus almas caminaban sin propósito se preguntaba en
qué podía pensar para alcanzar alguna satisfacción. Quizá recapacitar que: ser mujer no es una esencia ni un destino y
que la opresión tiene un status contingente.
Igual que cualquier otro día me
iré de tu vida como llegue. Hace poco estuve en Tumaco, en las playas Del Morro
y de Bocagrande, y sólo en un lugar como ese se puede des-apreciar la pobreza
infinita en la que viven nuestro pueblo demacrado, gracias a la desigualdad pero
no la social, sino esa que se encuentre en los corazones de todos aquellos que
miramos a la gente durmiendo en las calles, tiradas en los semáforos, día a
día, mirada a mirada se vuelven parte del espectáculo que es nuestra circo-estancias,
en la que vivimos, comemos, follamos y nos cagamos todos los días. Es aquí, en
este punto de mi vida, a unas pocas horas de cumplir 19, queriendo cumplir 17,
algo anacrónico, para poder refugiarme en ese hermoso número en el cual el
hombre burgués de la clase alta o media acomodada es lo suficientemente pequeño
como para no tomar ninguna responsabilidad, pero sin embargo, actuar como si las
llevara todas en los hombros. Es aquí, en este punto que te quiero decir que
eres dueña total de mi alma, mas no de mi corazón, ni de mi cabeza, por eso sé
que voz eres la mujer para mi, aquella a la que le tengo miedo, que odio, que
no entiendo, que no amo…
Consumida Daniela:
Te escribo esto un día antes de
mi cumpleaños, a ti no sé que decirte, tu eres un reto de impresionar sólo con
unas palabras, tu no eres como ellas. Ayer discutimos porque los humanos usamos
muchas palabras para decir lo que verdaderamente vinimos a decir a este mundo.
Hoy miro por la ventana y veo que mi relación contigo me ha dado una libertad
añorada hace años por mi cabeza domesticada, hoy por mi ventana también llueve,
hoy por mis ventanas veo el mar y la “vorágine” que consume mis días entre
contemplarlos e interactuar con ellos. Hoy mucho más allá de mi ventana muere gente,
hoy la ventana se le calló encima a mi corazón y gracias a ese suceso pude ver
como la playa roja, las quebradas que dan al mar, la cascada, las olas, los
niños, los perros, las arañas, la selva virgen y todas esas pequeñas cosas que
conforman el día a día aquí no valen la pena si no se pueden compartir con nadie.
Por esto y otras cosas, quiero decir que yo también pertenezco a la masa, esa
masa apática, sin resplandor, esa masa que tanto odiamos pero de la que hago
parte, sin orgullo, pero parte, esa que de la que tanto has luchado por
desprenderte. Yo desde adentro te digo, que tu ya no perteneces a nosotros…
Piropeada Male:
¿Ya burlaste la muerte? Yo no, y
ganarle a la Parca es tema difícil, pero a tu lado esa batalla es pequeña, la
guerra por voz, para voz y con voz, le ha llevado a mi vida varios años ya. Y
qué más da si continuo preso a ti, esto que escribo es sólo una brisa a las
alas de nuestro camino. A mi me da mucha rabia ver como pierdes tu potencial
intelectual y repotenciado gracias a la soledad. Por favor, tu eres un ser
especial, aprovecha tus facultades, no te dejes acomodar por la rutina, por la
burguesía, por tu familia, por mi. Rompe los ritos, los hábitos, las costumbres,
no dejes que el sistema te venda los sueños que muchos han comprado, ciegos por
su estupidez e ignorancia. Si vas a cambiar algo en tu vida así sea lo más
mínimo no lo hagas por nadie, porque sólo los cambios que vienen de adentro
cambian algo afuera. Yo te hablo de todo esto porque soy un fiel creyente de
voz, de tu vida, de tu obra. Quisiera hablarte de mis sensaciones sobre el sexo
a tu lado, pero pensándolo bien, esa cosa ya se me olvidó, ya tu cuerpo es algo
que esta lejos de mi, y lo extraño, pero algo sí es seguro en este momento, así
pasen los años yo siempre buscaré que las mujeres me besen como tu lo haces…
Pero en cierto
modo ser joven es como ser un animal.”
Anthony
Burgess
–Por los amigos de siempre y las perras del momento– gritó a
manera de brindis Santiago Osorio, mientras encendía el enésimo cigarrillo en
una noche ya perdida de diciembre del 2011. Mientras levantaba una copa de ron
Barceló Imperial en la Plaza de la Hispandad en todo el corazón de Santo
Domingo. En la mesa estábamos Jonathan Nicolás Quijano Peralta, él y yo. “El
Jonny”, como le decimos la mayoría de sus amigos, es un sujeto apuesto, de
facciones suaves y de una sonrisa amena para todo aquel que lo salude, por el
otro lado Santiago es un hombre de 1.90mt de estatura, piel mestiza, acuerpado
y portador de un carisma y una sinceridad entrañables.
Después de varias anécdotas y recuerdos nos
levantamos y nos retiramos del bar Pat’e Palo, que es la primera taberna del
nuevo mundo, para caminar por la zona colonial de Santo Domingo,
específicamente por la calle Restauración,
y llegar finalmente al Parque Colón, donde se encuentra el Hard Rock Café y
la Catedral Primada de America. La zona colonial de la primera ciudad de
América es bastante decepcionante, las fachadas están a medio caer, el comercio
es casi nulo y el área total destinada al turismo es pequeña en comparación con
otros centros urbanos de la época, el de Cartagena de Indias o el de la Habana
son más grandes y mejor conservados.
Nos sentamos en el restaurante
Rinconcito de Don Guillermo, en la intersección de las calles Hostos y Emiliano Tejera, pedimos un poco de mangú (puré de plátano verde hervido), tostones (patacones) y unos tragos de mamajuana (bebida alcohólica típica del país, a la que se le
atribuyen poderes afrodisíacos). Después de hacer los pedidos Jonathan nos recuerda
varias de las innumerables peleas de Santiago, como aquella donde se enfrentó a
un hombre el doble de grande que él, pero eso no lo intimidó, o aquella ocasión
que fue arrestado por cargos de alteración del orden público, en Bucaramanga
por dejar a un hombre inconsciente después de que éste se tropezará con él.
El único elemento constante de todas
estas anécdotas no son las mujeres, ni los amigos, ni la defensa propia, ni el
honor, lo único que atraviesa todas estas historias es el alcohol. Santiago
encuentra el demonio y lo mira a los ojos después de una gran cantidad de
tragos, porque eso sí, alcoholizar un cuerpo de 90 kilos no es fácil. A primera
vista Santiago es un violento sin causas ni fundamentos, pero como dice Paola,
su novia de toda la vida: –Santiago
sobrio es un humano tradicional, obediente, manso y hasta funcional, pero el
alcohol lo desvía de convencionalismos y de las normas de conducta
políticamente correctas.–
Santiago no se enfrenta al ser humano
que tiene enfrente, más bien golpea lo que el considera la traición de sus
amigos, de sus padres, de su sociedad, de su historia. Como cualquiera de los
seres de su edad es producto de una sociedad enferma, la que le ha regalado una
configuración de violento, porque según Burgess los principales atributos
humanos son: amor a la agresión, amor al lenguaje y amor a la belleza. El amor a
la agresión de Santiago es una forma de romper estructuras, transgredir supuestos,
como también lo logra el lenguaje o las estéticas. En una sociedad en crisis
como esta es muy difícil juzgar al otro,y peor si pensamos en los jóvenes, porque vivimos divorciados de la
realidad, carecemos de una utopia, somos los hijos del despojo, las
aspiraciones al cambio o a un modelo de moral son nulas. Santiago es hijo de
esto y lo manifiesta con sus manos desnudas.
Santiago enciende un Montecristo No. 3,
de 14 centímetros de largo y empieza a llenar el lugar con ese olor suave y
ligero, típico de un corona de gran calibre y dice: –Ya dejemos de hablar de esto, mejor brindemos por ellas que son tan
bellas, no las mujeres, sino las botellas.–
“No le sentí ese olor que es la
firma de todos en Paris
pero que al parecer sólo olemos
los extranjeros.”
No quiero que la próxima vez que vuelva a ver a mis amigos sea cuando
reunidos ellos, alguno cierre mis ojos en mi funeral.
Aquí los días empiezan con el sol colado por la única y diminuta
ventana de la habitación. Esa luz que entra a pesar de las persianas, un
despertador que aturde la poca paz del despertar, y una maquina de café que se
calienta. Una ducha larga y sin afanes, donde se contempla las puertas de
vidrio empeñarse poco a poco. Una mañana de esas que te deja todo el tiempo del
mundo para perderlo en ingenuidades tales como la cara de Juan cuando se toma
un Cognac, no importa que día, si ayer, hoy o mañana, a través del tiempo esa
expresión permanecerá, o recordar a Nicolás que es un tema diferente, él es el
reflejo de las mujeres que mueren por él y que él niega constantemente en una
dialéctica de violencia muy intima.
Sé que los humanos somos un cliché imposible, sé que no puedes subir
por mis escaleras de la Grand Rue 6, o que yo no puedo subir por tus escaleras
de la Carrera 30 con Calle 26. Lo único que queda es vos de ese lado y yo de
este. Quizá la única forma que nos podamos volver a ver sea en un lugar neutral,
un puerto, una estación de trenes, un aeropuerto. Al final pasó Paris, pasa
Barcelona, pasará Estambul y la vida seguirá enclaustrándonos en lo que somos.
Somos como la alquimia, como la piedra filosofal, somos insostenibles, tan
inútiles como una mesa de tres patas.
Yo escribo, vuelvo a acostarme y sigo
viviendo como cualquiera.
Aquella ciudad se trataba de una pequeña miseria tranquila y modesta,
no era cuestión ya de desesperación, por el contrario: aquello era más bien
confortable.
En sus barrios, pese a la simpatía de los transeúntes, uno nunca
podía sentirse cómodo; había en el aire una crueldad inquieta y sin reposo.
Tengo horror de emborracharme –explicó con humildad–; bebo, pero me
niego a la embriaguez con todo mi cuerpo.
Era transparente hasta el infinito y estaba podrido hasta el infinito.
La muchacha les parecía doblemente desnuda, porque era torpe.
“!Miento¡” Su decadencia, sus lamentaciones, eran mentiras, vacío, él
se había lanzado hacia el vacío, hacia la superficie de sí mismo, para escapar
de la insostenible presión de su verdadero mundo.
Lola es una racionalista,
carece de misterio. Y además, demasiado buena. Me odia pero con un odio grueso,
redondo, sano, con un odio de mujer honrada.
No hay nada que odie y aborrezca
más que un café descafeinado, es el claro reflejo de nuestra virtual
existencia, es un producto que carece de su esencia primordial, es un amague,
una burla, un simulacro de realidad. Nosotros no somos de esos jovencitos
mamones que leen poesía hasta el fastidio. Jamás nos enamoraremos de las cosas
perecederas, como tampoco nos convertiremos en engreídos inofensivos. Supongo
que ya no nos creemos ese cuento de estar hastiados, o que jugamos con la
muerte gracias al alcohol y el frenesí de la música, porque para desgracia de
los dos aún nos quedan otros 50, o quizá 70 míseros años por vivir.
Hay personas que sufren las
crisis de los 30, de los 50, de los 20 o de los 40, pero nosotros sufrimos una
hecatombe cada año, nosotros padecemos la crisis de los 21, de los 22, de los
23, hasta el final de los años. Esto nos pasa por estar soñando sueños
impropios. Lo que me lleva a preguntarte: ¿Aún crees en tu libertad y albedrío?
No sé quién de los dos está más solo, porque los recuerdos se van limando con
los días. Quizá es el sistema capitalista en su lógica de desperdicio y de
obsolescencia. Tu y yo somos eternos para el otro, por eso el tiempo entre los
dos se ha detenido, a pesar de estar inmersos en un universo ideal y cotidiano.
Nuestros padres nos prepararon un mundo donde la “vida real” está
desmaterializada, es como un espectáculo. La vida que nuestros padres nos
heredaron no es más que una inmersión en la realidad, que a su vez se organiza
y se aguanta de la fantasía. Y lo peor de este cuento es que fuimos sometidos a
una realidad diaria limitada por la falta de simbolismos, o sea, que nuestra
vida es un desierto de símbolos, o como lo llaman en Matrix, el desierto de lo
real.
Cuando estoy contigo es como estar
solo y ha de ser por eso que me gusta estar contigo. Trato de leer las noticias
a diario, y constantemente aparecen esos eufemismos de terrorismo, democracia, derechos humanos o libertad, son los
disfraces del lenguaje moderno, también palabras como amor, amistad, sexo, entre otras, que no nos permiten acercarnos a
lo que es realmente importante. Porque todo lo que creemos sobre la libertad, realmente es una pantomima de
nuestra falta de libertad. De qué sirve la libertad de pensamiento si al final
podemos pensar todo lo que queramos y tan libre como queramos pero debemos
obedecer. Tenemos la aparente autonomía, una libertad para escoger únicamente
la respuesta correcta, la vida correcta, la familia correcta, la moral
correcta, el presidente correcto, en fin.
Por estos días la mierda de mi
país me ha alcanzado. Resulta que estaba hablando con una amiga cuya
inclinación sexual es bisexual, si es que eso dice algo de alguien. Dicha
amiga, es una joven colombiana igual que otras 5 millones que habitan en mi
país, nacida y criada en Bogotá, de una familia de estrato alto, de apariencia
agradable. Se encuentra terminando sus estudios en la Universidad Javeriana.
Acontece que ella se encontró para almorzar con un grupo de amigas del colegio,
otras tres jovencitas normales de mi amada Colombia, dos de ellas estudiantes
de la supuesta mejor universidad del país, la prestigiosa Universidad de los
Andes. Mi amiga les contó que desde que había terminado con Daniel, no se había
vuelto a sentir tan feliz como con su nueva amante. Otra mujer normal de Bogotá
cuya única diferencia es que prefiere los coños a los falos. No fue más que
comentar que estaba saliendo con otra mujer, para que sus grandiosas amigas la
interrogaran y la desprestigiaran, incluso una se burló de ella. Esto no me
sorprendería de no ser porque estas mujeres pertenecen a la clase educada y
“culta” de nuestra sociedad.
Yo que pensaba que los prejuicios
y los sesgos mentales se derrumban con la educación. Pero no, porque la que más
se mofó y despotricó de la condición de mi amiga, fue una tal Carolina que está
terminando un pregrado de antropología en Los Andes, si este estúpido ser
humano no es capaz de utilizar sus estudios para derrumbar las barreras
arcaicas de nuestra cultura, quién más podrá. Cuando me enteré de esto, no pude
contenerme, y le pregunte a uno de mis mejores amigos, cuál es el problema de
nuestra sociedad, y él asertivamente me dijo: quizá lo que está mal es nuestro individualismo mal direccionado.
Bajo los parpados de nuestra marchita sociedad se pudren las mujeres. El concepto de genero nos fragmenta como grupo humano. Es como un árbol cuyas
hojas alcanzan el cielo pero olvida sus raíces. ¿Será que algún día nuestra
sociedad sofocará el destino negativo que la tortura, o curará la enfermedad
que la devora al ritmo de nuestra respiración, o continuará elevando la
amargura de nuestras vidas a la altura de la esencia de nuestras preguntas?
Algunos sostienen que es lo mismo
leer sobre el mundo que recorrerlo, otros que no es lo mismo, yo no sostengo
nada, pero al pasar algún tiempo por encima del trópico de cáncer me doy cuenta
de que los que vivimos en la zona ecuatorial nos perdemos de esa pequeña magia
que es ver el paso del tiempo, los cambios del día y la noche a través de las
estaciones. Al viajar por el antiguo continente me siento como los forasteros
hispanos, asiáticos o africanos en la Roma decadente, que saboreaban la cultura
en el ocaso de la decadencia. Al igual que ellos deambulo durante el atardecer
por la ciudad internacional, donde la
religión y las técnicas se encuentran carentes de ideales.
Mientras el vapor sale de mi tasa
de té, recuerdo que hoy es el cumpleaños de mi padre. Agradable coincidencia
que los dos naciéramos un día 22. Él cuando empieza el otoño y yo cuando acaba
la primavera. Algunos duran toda su vida buscando el cielo, yo más
correspondiente no descansaré hasta llegar al fondo de mi infierno (pero no
pensar en este lugar como la sociedad occidental lo ha dibujado, más bien como
la confluencia de los suplicios). Porque si el señor Nelson Mandela dijo que él
era el capitán de su alma, pues yo soy el creador de mi propia catástrofe. Esa
misma que se engendra en la falsa idea de reversibilidad. Esta idea que anula
las necesidades por algo y te da un alma de mendigo.
Hace poco la mujer con la que comparto
mis noches me dijo: tu eres la sal de mi
vida. Aún mi cabeza juega con el morbo y las posibilidades connotativas de
esa frase. Ella se alimenta de mis inagotables buenas actitudes de ignorancia.
Porque para olvidar lo que somos debemos creer en algo, y así fue como mi
infancia se transformó en filosofía, y de ahí que los años se transformaran en
horror. Miro en el espejo mis terceros molares mientras me limpio los dientes
con seda dental. Esa extraña sensación de mutación constante del cuerpo y de su
lucha contra la conciencia. ¿Acaso mi cuerpo refleja mi edad mental, o es al
contrario? Qué es la edad mental al final de cuentas.
"Querer a alguien es una hazaña, se
necesita energía, generosidad, ceguera,
hasta hay un momento, un principio mismo en que es preciso
saltar un precipicio, si uno reflexiona, no lo hará."
-Jean-Paul
Charles Aymard Sartre
Quizá pocos han vivido una experiencia
como esta: entre la frontera de Rusia con Finlandia, viajando de San
Petersburgo a Helsinki, un controlador de emigración Suomi, se encontró dos
ciudadanos colombianos con doble nacionalidad, colombo-italiana. El primero por
tener un abuelo de Sicilia, y la segunda porque el padre es piamontés. Además,
vivían en Suiza, país que no pertenece a la Unión Europea de Naciones, estaban
saliendo de un país que permite a los colombianos entrar y salir sin tramite
alguno de visa, y entrando a un país, que hace parte de la UE, y que gracias a
su segunda nacionalidad no precisan de una visa (así es le mundo de hoy,
jodidamente lleno de parapetos invisibles).
– Quizá
acabo de perder la única oportunidad de entrar al orbe de ella – me dije
mirándome en el reflejo de un pequeño espejo que se encontraba sobre un diván.
Él fingía estar
ahí y atender lo que decían. Era uno de esos instantes eternos,
desagradablemente bello, ese preciso momento en que te encuentras mirando el
escote de una mujer y sin verla a los ojos sabes que se ha dado cuenta. Él no
sabía si ya la había visto desnuda, o si estaba desnuda, o si la estaba
imaginando desnuda. Y es que él creía absolutamente que si una mujer lo
descubría mirándole los senos, esta jamás lo consideraría si quiera para una
charla.
– Este es un
encuentro casual, pero lo casual es lo menos común en mi vida – pensó mientras
una sensación de cólera y melancolía invadían su piel.
Si la vida es la suma de las
habitaciones en las que se ha estado y las personas con las cuales se ha
compartido, entonces debo aceptar que he vivido más de lo que hubiese querido. Vivir
no es más que las impresiones sensibles de un individuo, no es más que la
creación de nociones indefinidas que nacen en las asociaciones que hacemos a
diario.
Tú te asemejas al firmamento, a lo que fue y
lo que será, eres como el acto de contemplar Antares, una estrella millones de
veces más grande que el sol, tan grande que mi imaginación no puede
dimensionarla. Eres esa voz muda que me inunda de recuerdos lejanos la
profundidad de tus misterios. Aún veo tus fotos colgadas en el diván de algún
hueco de mi memoria, cada una es una proyección de tu personalidad, por eso
posas, para ser durante un instante, (llego a creer que escribir tiene la misma
connotación, mientras escribo realizo un acto de dominio sobre mi cuerpo e
impero un estilo sobre el papel, al igual que una pose, los ismos funcionas como
un disfraz, tan sólo espero no pertenecer a ellos). Son tus reminiscencias,
parte de un viaje que compartimos en una ventana, una ventana que no volverá a
tener nuestros reflejos. El problema radica cuando mi imaginación plagia a mi
memoria, y aparecen realidades pueriles, torpes, estríeles, poco seductoras y
repetitivas.
No imaginarte es el resultado de la estupidez,
y hacerlo resulta en el anhelo. Tú no llevas cerca mis cosas, mis dibujos, mis
armonías, mis nociones, mis explicaciones o mis odas, pero hay tres cosas que
jamás apartas de ti, mi malestar, mi placer y mis mirada. Si pudiera revivir en
ti todo lo que te procuré la vida sería imbebible. Deberías agradecer la
imperfección de la memoria, sólo recordamos lo que nos reconstruye. Al final
sólo puedo creer que mis recuerdos yacen perdidos en algún lugar arcaico, donde
se sobreponen, se funden, y crean un mosaico que llamo “reminiscencia”, en el
busco bellos recuerdos, los tomo en mi mano, los acumulo, los retengo, se
desbordan como el agua entre los dedos, pero en el instante en que sostengo
tantos como puedo, es ahí donde soy feliz.
“Nos
miramos fijamente, como dos recónditos, la tensión creció y accedimos a las
demandas del otro.” Así describiste, el momento más inadecuado y mejor guardado
de nuestras vidas. Sé que tus despedidas guardan una salva.
Allí se encontraba ella, a solas,
sintiéndose completamente vacía en esa cama, en esa habitación. Esa era su vida
desde que aquel la dejó completamente desahuciada, porque lo que se fue no era
un amigo, o un amante, era un ser que lo era todo, la representación de la nada
de la humanidad. Desde aquel diciembre los días empezaban en otra dirección.
Adriana sollozaba agarrada a la almohada, sin opción de que alguien viniera a
rescatarla, después de unos días agotó el llanto hasta el final. Y así los días
recomenzaron con el café, sin cigarrillos, con llamadas de algunos que no
interesaban, con traiciones y con sonrisas vanas. Prefería pasar las jornadas
debajo de las sabanas que lograban retenerlo del olvido.
Los sueños le traen noticias de
él, una carga de promesas, caricias que no permiten que se limpie la conciencia
y traiciones que no le dan la absolución que la naturaleza y la soledad le han
dado hasta el hastío. Ella lo quiso, por encima del deber, el goce y los demonios.
Nunca fuma, pero ese medio día era diferente, estiraba el brazo y buscaba los cigarrillos
sobre el cojín amarillo de su lecho, cerró los ojos e imagino un beso en la mejilla.
Sintió que debía esperar un poco más, antes de arrancarse de ese sueño que le permitía
verlo, donde dejaba de sentirse sola, donde unos brazos la aprietan mientras
duerme.
“El mundo no puede vivir al nivel de sus grandes hombres”
Decir que convertiré a todas las
mujeres de mi vida en literatura es sólo el principio, porque al final una
mujer no puede ser más que locura. Es por esto que me escondo de ti, que
permanezco anónimo, porque es una bifurcación de dos realidades. La locura, al
igual que el amor se manifiesta en la ausencia, en el silencio, en la
distancia.
–Me he sentado en la sombra de
nuestra memoria, porque es la única que se encarga de cumplir las promesas que
jamás llegaste a consumar, como aquella en la cual te encargarías de que no
hubiese eso que llaman agonía.– Dijo ella bajo la sombra de una Palma Ibérica
en la Plaça Universita, en aquella ciudad de Art Nouveau, Barcelona. Era una
tarde de verano, 34° a la sombra, mientras la ciudad se retorcía entre sus dos
millones de población flotante y sus dos millones de habitantes fijos. Él podía
ver como el sudor brotaba de la punta de su nariz, mientras se imaginaba a si
mismo con la cara cubierta por pequeñas gotas de transpiración. Él se
preguntaba el porque de su amabilidad con ella, debió sentir que le debía algo,
algo que nunca fue capaz de darle. Pero prefería compartir la vida con su
familia, un trago con sus amigos, y después mudarse de vuelta a su vida y al
olvido que se impuso.
–Hay cosas que aún me recuerdan a
ti, como lo infinito de un cigarrillo o el abismo de una copa de vino.–Indico él con la angustia que le
producía mirarla a los ojos. –Es un desquite que produce el placer de esos
momentos, que no soy capaz de negarme, porque a pesar de que vives en lo
infinito y en el abismo, olvidarlos sería un acto tramoyista. Seguramente
transcurrirán más que estos diez años que han transcurrido sin saber uno del otro,
para que un momento así vuelva a tener lugar, por eso aprovecho para decirte
que la vida nos juntó a los dos, aunque como siempre nos fue llenando de
huecos. Quizá te llamaré para mi último y definitivo entierro, quizá nos
encontremos en mi velorio.–
–Tu siempre con tus infortunios y
tus fatalidades, son arduos e incalculables, son más que la arena si me dejaras
contarlos. Pero, yo sí te puedo decir que el vacío de tú alma llenó la mía. Sé
que crees en la perennidad, por lo tanto todo lo que hagas en vida es
insignificante.– Era un simple estar ahí, que era tanto, tan corto y tan
solemne. Era una última e inútil protesta contra lo que aún les faltaba por
vivir, porque la luz de la ventana llega antes que nadie. Eso era estar ahí,
frente al otro, eres los segundos congelados de las anomalías de las sombras de
sus recuerdos.
“El lenguaje es sentido con sonido” fue una de las afirmaciones de
Noam Chomsky en su conferencia central dentro del marco del 19e Congrès international des linguistes, en
Ginebra, ciudad donde nació Ferdinand de Saussure, fundador de la lingüística
moderna, cuya muerte ocurrió hace ya un siglo, 1913. De todas las cosas que dijo Chomsky, de las que entendí y de las que no entendí, sólo me quedó una pregunta
¿Es el lenguaje una prolongación de una capacidad humana, es técnica o
tecnología?
Supongo que ésta o cualquier
discusión de esta o cualquier otra índole son las que mantienen barnizada
nuestra existencia frente a la infinita irrealidad. Porque muy pocos de
nosotros seremos alguna vez dignos de cualquier cosa, somos la dualidad del
amor y el odio por el devenir, somos al igual que el tiempo y la eternidad la
sucesiva liberación y contracción de pecados. Frente a la carne de los otros
soy un insaciable buscador de los fundamentos del mundo, pero frente a mi carne
soy la merluza efímera.
Todos estos intelectuales de
finales del siglo XX y principios del presente, Foucault, Chomsky, Derrida, Zizek,
no son más que pendejos que encontraron un refugio en la razón, soy más afín
con los que encontraron su refugio en la enajenación. Nuestras ideas, nuestras
convicciones no son más que los signos de nuestra descomposición, ánimas en el
funeral de nuestra propia muerte. Llevo una eternidad idolatrando el eurocentrismo,
y aún digo:“Cielo de París, bajo tu azul quisiera morir”.
Me fascina el anonimato, nadie
llama a mi puerta, nadie llama a mi celular, a nadie la importa donde cago o
donde como. Como si fuese el sobreviviente de una pandemia, y todos aquellos
que reconocían alguna vez mi nombre se hubiesen esfumando. Por eso transito las
calles de mi desolada ciudad con una mefítica elegancia. Y es así que
desciendes por la Vieille Ville, y te preguntas sin ninguna mesura: ¿Cuál de
mis semejantes habría sido digno de mi? ¿Me ahogaré en el Rhone o en mi “delicadeza”?
Hay días en que sencillamente no
quieres escribir, pero existe un compromiso con tus dedos, y segundo, con los
inoperantes que se toman el disgusto de leer esto. Porque en esta vida todo es
vano, sin contar la vanidad. Vivo en un país cuya tasa de suicidios es la
segunda más alta del mundo, después de Japón, y es aquí donde entiendo que sólo
los suicidas no mienten, porque un hombre que se acaba de tirar a los rieles de
un tren no tienen ya nada que ocultar. Lo cual me recuerda a mi país, donde
nuestra depravación nos incita a desnucarnos para aprender.
El problema principal de la
conciencia es lo transparente que es con el usuario. Maldito Dios creador, el
verdadero pecado original fue el habernos dado tal utensilio de tan mal gusto.
Ella me dijo alguna vez: “la vida es un subterfugio de la locura”, sus palabras
cobran vida cada instante en que encuentro la misteriosa necesidad por la
desgracia. Es que la vida no es más que el fruto de la ignorancia. Aquella
mujer me recuerda con sus ojos la distancia infinita que se halla entre el alma
y los sentidos, con sus manos la condena que recae en nosotros gracias a las
glotonerías, su ceno izquierdo dice “anda” y el derecho “nada”. Su vagina me
recuerda que ni siquiera una losa sepulcral aplastará sus éxtasis, sus rodillas
la escalera por la cual bajan ángeles malditos, y su vientre la comunión que
realizamos como esclavos de la muerte antes de nacer.
PD: que horribles los vocablos
que te definen “mejor amiga”. Mi mitad es la agonía de tu recuerdo y la otra,
la esperanza de un encuentro. Sabes bien que tu orgasmo a un retumba entre mis
cuerpo y la cama en la que hoy duermo.
Ella se encontraba tumbada en
medio de una vitrina del siglo XIX, con sus ojos fijos sobre un punto
inasequible, me miraba y miraba todo a la vez. Sin ofrecernos un solo pestañeo,
esa quietud de los parpados es lo que desequilibra a cualquiera. Fue entonces
que le pregunte sí esa mirada pretendía transmitir todo lo sublime, la
magnificencia y lo sobrecogedor de la naturaleza humana. Los limites de ese
cuerpo eran lo que le permitía expandirse eternamente, la vitrina no era más
que una imagen borrosa como en un espejo, no nos permitía el encuentro cara a
cara, era el claro ejemplo de la virtualidad.
Fue en ese momento que me
comprendí aislado de ella, y como, quizá nunca escucharía mis demandas. –Tu excesiva
reflexión es lo que aumenta tu libertad, pero tus ganas de permanecer inmóvil
es lo que te impide la creación de nuevos “Tú” –. Le grité a través del cristal
y no escuche respuesta alguna, la miré llena de rigidez, vestida de azul, con
su camisita y su canesú, al ver que no se inmutaba, me retiré y volví sobre mis
pasos, camino a casa. Su recuerdo me dejó entender que la humanidad no es tan
miserable ni tan feliz como cree.
Mientras perdía y recuperaba el
equilibrio una y otra vez (o sea, mientras caminaba), sentía como ella podría
remplazar a cualquier mujer de mis recuerdos, dado que el tiempo no se puede
almacenar, que los espejos albergan el abismo de nuestra existencia, y un
autorretrato no es más que un fragmento eterno de ese abismo, sentía que podía
remplazar el rostro de una mujer al interactuar con ella, incluso mientras
follásemos, era sólo cuestión de cerrar los ojos. Por eso, es que caminamos con
tan pocos deseos, porque el abismo también mira dentro de nosotros, porque la
vida en sociedad y la civilización no son más que sistemas de almacenamiento de
memoria, porque ella es la verdad sin secretos.
Después de diez minutos de ir andando,
tuve la extraña sensación de tener que liberarla de esa estantería, regresé
corriendo, rompí a pedradas el cristal, atravesé lo que quedaba de vidrio, le
quité los cascajos de encima y la abrasé. Sabía bien que era una muñeca,
artificial, pero cualquier saber en su conjunto es un saber falso, sea bien que
se engañe por intereses económicos, por la represión del inconsciente o por la animadversión del débil. Al final los placeres están en los sentidos, y la
virtud más grande está en el amor propio, el alma es quimérica, porque cuando
llega la parca “la farsa se acaba”. Por eso ejecuté ese monologo, junto a esa
falsa mujer, que al cerrar los ojos es como cualquier mujer, y me dijo –Yo no quisiera convertirme en un humano
–. El eco de aquella mujer siempre retumbará en las ruinas de mi vida.
Hoy es una de esos días como para
salir por las calles de Ámsterdam y quedarse sentado en una banca mientras una
acides invade la conciencia y quizá ver la vida transcurrir en la Plaza Dam.
Ella sabe bien que la estoy esperando porque he visto el universo dentro de sus
ojos. Un susurro despertó el viaje de esa golondrina; es imposible renunciar a
la mirada a la cual se han acostumbrado mis ojos, al nuevo aliento de mi boca. Es
sólo una alucinación, ella es la catástrofe de los mártires. Hoy la mitad de mi
cuerpo es un bulto de carne, y la otra un puñado de sueños, antes de conocer a Delirio,
no era más que el predecible resultado de lo sensato, lo paralizado y lo
invariable, pero ahora, únicamente contemplo mi existencia, sé que esto suena a
galimatías, a la constante inseguridad y prejuicio de mi discurso.