La noche pasada mis sueños me
llevaron hasta un viejo recuerdo: un día después de hacer mi servicio social en
un pequeño colegio de Cajicá, tomé el bus para dirigirme a Bogotá. Debió ser
las 18:30 porque el Portal Norte de Transmilenio estaba convulsionado. Me dirigí
a la taquilla para comprar un pasaje, mientras estaba parado en la fila me
percaté de que me faltaban 500 pesos para poder acceder a tan maravilloso sistema
de transporte. Sólo tenía dos opciones, saltarme la valla o pedir plata a un
extraño para completar el precio de mi tiquete. Como mis padres me educaron
bien la primera opción me pareció descabellada. Después de pedirle el dinero a
tres o cuatro personas una señora me ayudó y me regaló los 500 pesos faltantes.
No creo que esa pequeña experiencia haya cambiado mi vida, no le doy plata a
nadie en la calle, ni he hecho trabajo caritativo. Pero la angustia que atravesó
mi cuerpo ese día jamás la olvidaré.
Los individuos contemporáneos no
somos más que unos sobrevivientes que rellenamos nuestra vida con refinadas
excitaciones y artificios, y no con una ambición mayor y soberana. Quizá sólo
las personas histéricas estén realmente vivas, porque su condición se deriva de
un estado constate de cuestionamiento sobre la existencia. Al contrario de
todos los demás que hemos elegido una vida en la muerte. Coexistimos con
nosotros mismos optando por vidas seguras, sin dolor, tediosas. Cuando los
verdaderos placeres de la vida son fornicar, comer y cagar.
El nuevo orden mundial ha
establecido que podemos vivir en tiempos de paz que a su vez pueden ser
momentos de emergencia. Es un eterno bucle, una sentencia que se realiza
repetidas veces sobre los individuos, hasta que la necesidad de dicho ciclo
deja de ser importante. La clase política colombiana sabe bien de lo que hablo.
Toman una palabra como “paz”, “terrorismo”, “acuerdo”, etc. La ejecutan
mientras se cumple una condición, hasta que se cumpla o un numero determinado
de veces. Así es como una palabra tan fundamental como “paz” acaba por ser
elevada al grado de abarcar todos los problemas de una sociedad. Los
colombianos deberíamos estar atemorizados de nuestras propias creaciones.
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