sábado, mayo 24, 2014

El mundo es muy grande como para ser pequeño

La noche pasada mis sueños me llevaron hasta un viejo recuerdo: un día después de hacer mi servicio social en un pequeño colegio de Cajicá, tomé el bus para dirigirme a Bogotá. Debió ser las 18:30 porque el Portal Norte de Transmilenio estaba convulsionado. Me dirigí a la taquilla para comprar un pasaje, mientras estaba parado en la fila me percaté de que me faltaban 500 pesos para poder acceder a tan maravilloso sistema de transporte. Sólo tenía dos opciones, saltarme la valla o pedir plata a un extraño para completar el precio de mi tiquete. Como mis padres me educaron bien la primera opción me pareció descabellada. Después de pedirle el dinero a tres o cuatro personas una señora me ayudó y me regaló los 500 pesos faltantes. No creo que esa pequeña experiencia haya cambiado mi vida, no le doy plata a nadie en la calle, ni he hecho trabajo caritativo. Pero la angustia que atravesó mi cuerpo ese día jamás la olvidaré.
Los individuos contemporáneos no somos más que unos sobrevivientes que rellenamos nuestra vida con refinadas excitaciones y artificios, y no con una ambición mayor y soberana. Quizá sólo las personas histéricas estén realmente vivas, porque su condición se deriva de un estado constate de cuestionamiento sobre la existencia. Al contrario de todos los demás que hemos elegido una vida en la muerte. Coexistimos con nosotros mismos optando por vidas seguras, sin dolor, tediosas. Cuando los verdaderos placeres de la vida son fornicar, comer y cagar.


El nuevo orden mundial ha establecido que podemos vivir en tiempos de paz que a su vez pueden ser momentos de emergencia. Es un eterno bucle, una sentencia que se realiza repetidas veces sobre los individuos, hasta que la necesidad de dicho ciclo deja de ser importante. La clase política colombiana sabe bien de lo que hablo. Toman una palabra como “paz”, “terrorismo”, “acuerdo”, etc. La ejecutan mientras se cumple una condición, hasta que se cumpla o un numero determinado de veces. Así es como una palabra tan fundamental como “paz” acaba por ser elevada al grado de abarcar todos los problemas de una sociedad. Los colombianos deberíamos estar atemorizados de nuestras propias creaciones.

domingo, mayo 18, 2014

J.J.


El pasado abril, exactamente el miércoles 16, le escribí a quien quizá fue y podría volver a ser mi contemporáneo más apreciado. Juan José Botero Bonilla, quien fuera mi mejor amigo de mi último periodo escolar. Con él empecé mis primeros debates sobre el arte, las humanidades y la política. Con él emprendí el viaje al inmenso abismo del conocimiento, el éxodo a la eterna nada que es un certeza. Nos recuerdo probando uno al otro su conocimiento sobre geografía, historia, ciencias, en fin cualquier tema que pudiésemos manosear. Hace mucho tiempo que no hablamos y menos que nos vemos, pero yo sé que él al igual que yo nos llevamos presentes en la conciencia, casi que medimos nuestros actos con el prejuicio del otro, muchas veces haciendo caso omiso.

Aquel día de abril le dije: Hoy tuve una conversación bastante extensa sobre usted como sujeto de discusión (sobre todo de nuestra época de colegio). Por aquellos días levanto mi copa y mi corazón. Espero todo este muy bien en vuestra vida y me gustaría recibirlo en mi pequeña morada en esta ciudad.

A lo que él me respondió: Mucha gracias. Quiero que sepa que me alegra mucho que lleve la vida que yo me imaginaba que iba a tener. Una vida llena de lectura, arte y conocimiento. Al menos eso parece y espero que así sea. Aunque hoy en día me preocupan mucho menos todas las cosas que discutíamos, a cambio de otras más terrenales y más prácticas, quiero que sepa que no cambia mi aprecio por usted. Ojalá tener el tiempo y los recursos para en algún momento visitarlo.

Finalmente yo le dije: Gracias por aquello de imaginarme de tal forma, me halaga. Yo sé que hemos cambiado en muchas formas, pero a veces siento que en las fundamentales somos los mismos jovencitos llenos de pavadas. Mi cariño por usted se mantiene inmaculado. Espero verlo y encontrarnos para un cafecito y tertulia, o para unas cervezas y ácidos. Me da igual. Un abrazo.

Los años han transcurrido desde aquel grado de colegio en junio del 2008. Una de las nociones más dura de afrontar para los jóvenes como nosotros que habitamos un momento histórico en el cual las grandes “ideas” han muerto y en su lugar tenemos discursos ligeros (por su carencia de argumentos fuertes y renovadores) y globalizados como la idea del “Reguetón” (el otro día fui a parar en el mismo salón con un joven de 30 años proveniente de Arabia Saudita amante de este tipo de ruido de origen caribeño, difícil de pensar en un país tan cerrado como ese), para nosotros los jóvenes del mundo que estamos hastiados de las tendencias globalizantes sólo nos queda una salida: en vez de tratar de cambiar el mundo, deberíamos reinventarnos a nosotros mismos. Practicas subjetivas de nuevas formas de sexualidad, estética y metafísica.

Es por eso que promuevo el odio. La repugnancia contra todo lo que es propagado por las industrias culturales, como por ejemplo la autoayuda, la moda, incluso esa tendencia de trotar y usar bicicleta por toda la ciudad, también debemos aborrecer el culto al cuerpo. Soy partidario del concepto de Marguerite Duras cuando dice que la única manera en que se puede tener una relación interpersonal completa no es mirándonos a los ojos y olvidando el mundo a nuestro alrededor, sino que mientras nos tomamos de la mano juntos miremos hacia fuera a un tercer punto y entendamos que no hay una verdad interna, ni un “yo” que espera ser descubierto.

jueves, mayo 08, 2014

Légamo

En Paris hay un puente donde los pendejos cumplen el cliché de poner un candando en el Pont des Arts y después botar la llave a La Seine como símbolo de su amor eterno. Pero lo que la mayoría no sabe es que esos candados son retirados cada semana y fundidos por la alcaldía de Paris. Lo que implica que su símbolo de amor eterno no dura más que unos días. Lo mejor de vivir en esta ciudad con alguien son las discusiones y lo mejor de una discusión es dejar caer sobre el otro el argumento más certero, que es por supuesto el peso de la mirada que se da al sonreír con desprecio. Siguiendo con los clichés, no hay uno más grande que el de escribir sobre una ciudad en tono melancólico. Porque Paris puede ser todo lo que Zola o Rimbaud dijeron sobre ella, pero Paris es sobre todas las cosas como una mujer en una tarde indecisa. Yo prefiero bordar la muchedumbre de turistas que envuelven la ciudad con un aroma lírico y dulce, dado que “Être parisien, ce n’est pas être né à Paris, c’est y renaître” Sacha Guitry. 

Sólo en esta ciudad, en el D del 40 Rue Jacob hay una mujer que me deja absorberme en una dulce esperanza, en una dulce gratitud. Hay hombres que se han tirado al agua por menos que eso. Si el atardecer en Estambul me recordaba en gran incendio, aquí el color del crepúsculo lo contemplo sin vergüenza alguna, con una mirada impasible y atroz. Mientras tomo un poco de Bergerac en la Square du Vert-Galant, tomo la copa de vidrio en mi mano derecha, siento miedo de mi mano derecha, la vigilo. Son las 20:23 y aún no ha atardecido, recuerdo el atardecer en San Petersburgo a las 23:15. Estos cambios de luminosidad afectan mi metabolismo tropical. El vino que seca mi garganta me recuerda todo el desprecio, que no siento, pero que otros quisieran hacer caer sobre mi. Lo extravagante de este desprecio es que para engéndralo es preciso que hayan dejado completamente de amarme.


Aún no sé como quitarme el deseo de gloria que yace en los ojos de los demás.

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