“Bendito sea dios (..) por no
haberme hecho mujer”
dicen los judíos en sus oraciones matinales,
mientras las mujeres dicen
“bendito sea dios que me ha creado a su voluntad”
*Tono de cortés indiferencia* Al final de cada día la única
satisfacción que queda es haber actuado bajo el estandarte de la pasión. El
hecho de asumir completamente ese gesto heroico. No dejarse consumir por
aquella frase: alguien tiene que hacer el
trabajo sucio. En la vida sólo hay campo para el juego entre las reglas no
escritas, ese juego es la ética. Por ejemplo el amor se encuentra en nuestros
días dentro de una perspectiva paranoica, lo hemos convertido en algo abstracto
porque lo sustrajimos de su base socio-ideológica en la cual nació, la nada. En
el mundo occidental estamos inmersos en los estúpidos placeres diarios, nuestra
guerra no es contra las otras civilizaciones. No, la nuestra es contra nosotros
mismos. Contra la poderosa maquina cultural que nos invade nuestras esferas más
individuales, de ahí nuestra impotencia y disfunción eréctil. A mi me molestan
muchas cosas, pero quizá la que más es esa amalgama de cosas llamada
humanidad, esa chusma de gente, rica o pobre, que cree que al elegir lo hacen
con su aparente claridad cuando lo único que está aconteciendo es un mistificación
del objeto del deseo. La libertad sólo se alcanza en un perpetuo avance hacia
otras libertades.
No soy más que la creencia que
tengo sobre mi. No sé si existo o si existiré siempre. No soy más que la
participación que hago en la realidad misteriosa que a su vez amenazo. Mi
carácter es una reacción secundaria. No soy más que lo que está por debajo del
horizonte de mi conciencia. El mundo está en su derecho de ser, yo me hallo en
la sinrazón. No soy más que la definición que el mundo me da, por lo tanto no
soy autónomo. Soy inesencial frente a lo descomunal que es lo esencial del
planeta. Pero, siendo así es el otro el que debe someterse a mi punto de vista
para intentar entender. Es más fácil acusarme que excusar a la humanidad.
—Sí –dije yo–; necesito tu
dinero. Pero en este momento necesito un güisqui y tu conversación.
—Sólo espero que mi conversación
este a la altura del whisky –dijo Nicolás.
—Hoy se cumple un año de mi
llegada a esta ciudad, a este país, a este continente. Y no he logrado
desembarazarme de “mi” país –dije
mientras pensaba que Nicolás siempre será solemne, lleno de gracias discretas y
nobles, con su sonrisa del Cuarto Mundo y yo siempre seré su amigo estricto,
lerdo y escrupuloso.
—Sé bien que te la pasas
sembrando secretos en todas las conciencias. Sé que le has dicho a mi novia
pestes de mi. Y hoy vienes a pedirme que te ayude a conspirar en su contra
–dijo Nicolás mientras sostenía su vaso y miraba el fondo del bar– yo creo que
lo haces porque tu vida en Europa se traduce en algo equívoco y dilatado, en
una paz pueril y amarga.
—No me importa lo que pienses de
mi –dije sin más. Mi corazón bombeaba a martillazos.
—Tu arbitrariedad la puede
percatar cualquier persona que ingrese a este recinto –dijo él, mientras su voz
grave retumbaba en mi estomago, era algo insoportable y delicioso–. Yo no te
estoy diciendo esto para causarte pena o golpes en la conciencia. No es más que
una oportunidad ética crucial, porque si no te lo digo, esto que debí decirte
me perseguirá para siempre. Porque a pesar de que no hubiese existido, su
espectro continuaría insistiendo.
—Tranquilo –dije– sé lo que es un
acto olvidado. Cohibido por la fuerza del vínculo social que reside en un acto
de solidaridad con el otro. Pero tu acto olvidado no es conmigo, es con tu
novia. Porque desaprovechaste la oportunidad de establecer una relación donde
se realizara el amor. A ti lo que te molesta es haber perdido la oportunidad
revolucionaria de un cambio.
Sus almas se encontraban de nuevo
en aquel limbo a donde llegaban cuando sus cuerpos dormían. No era como los
Campos Elíseos, era más bien como Bifröst. Tenían que recordar que el Doxa de
la postmodernidad sobre la “realidad” es un producto del discurso, una ficción
simbólica que es desapercibida como una entidad autónoma substancial. En otras
palabras, debemos distinguir cual parte de la realidad está transfigurada como
fantasía.
–Hoy nuestros destinos vuelven a
emparejarse, hoy mi corazón está desierto, por eso levanto la cabeza hacía ti
–dijo ella –en este momento allá ya no es mi cumpleaños y más allá de eso,
quizá en unos meses vivamos en el mismo uso horario. Tal vez algún día formemos
parte de un menages à trois, no
distingamos de confesiones terrenales, dejemos de posar con el vino y los
quesos, supere tu estado antiburgués, porque al final de ti sólo quiero tu
parte más simple: la fachada.
–Te he estado observando desde mi
lado del mundo y veo a tu alrededor los escombros del porvenir, el supuesto
amor por aquél otro ser. El embarazo de tu amiga, el dinero de tu madre, pero
en el centro de todo recuerdo como solía posar de lector, ahora de escritor
–dijo él con su apasionada explosión de afecto ante ella con su fría distancia
desapasionada.
–Cuando camino al trabajo y veo
el triste desfile de edificios de la Carrera 15, me invaden los recuerdos de mi
infancia, mis sueños de libertad, de grandeza, y me doy cuenta que aún estoy
rodando sobre esas memorias. Y no soy yo la que se aparta de esas felicidades,
son ellas las que se alejan de mi. Los días que se fueron tienen derecho sobre
mi, porque son como yo, maduros, cansados; esos días mantienen sus exigencias
sobre mi, y sufro de remordimiento porque mi presente está descuidado y
hastiado. Pero tranquilo que esto no es más que el porvenir –dijo ella, ahí en
sus sueños, a el alma de él, y entonces su cuerpo tembló en su cama. Retembló
porque lo contrario de existir es insistir, y aquello que no existe, persiste
contra la existencia. Y ella eterniza sobre su lucha contra la propiedad
privada de los cuerpos, porque según Foucault lo importante de un acto sexual
es poder ejercer “nuevas formas de vida”.
El olor húmedo del sueño lo
distraía mientras escuchaba aquél ser, aquella mujer protestar contra sus días.
Y entonces le dijo:
–Hemos rumiado nuestra juventud,
por eso no hacemos proyectos cuyo plazo no sea mayor a unos dos o tres años.
Como si no tuviéremos por delante más de cinco o seis años –le dijo él mientras
la perseguía por el vacío –sabes bien que no te propongo una política de la
felicidad, es más bien una exploración de la libertad.
A ella la hubiese encantado escuchar
lo que él decía, pero quería comprender a medias lo que le había dicho, para no
romper el encanto. Mientras sus almas caminaban sin propósito se preguntaba en
qué podía pensar para alcanzar alguna satisfacción. Quizá recapacitar que: ser mujer no es una esencia ni un destino y
que la opresión tiene un status contingente.