Los días de ningún ser están
numerados. A pesar de esto mañana me voy a Londres y un amigo de la infancia a
su vez se va mañana de esa ciudad para volver a Colombia por primera vez desde
que llegó al Reino Unido hace ya un poco más de 5 años. Siento lastima por no
poder verlo de nuevo, de todas formas pasearé por el UK riéndome. Pero esta
extraña coincidencia me ha dejado perplejo frente a los muros de mi vida que
vienen desde hace un tiempo atrás desmoronándose.
Los adioses se ablandan y se
estiran como la brea negra del asfalto. Pero al final así son las personas que
me rodean, ensuciadas. Siempre es bueno tener varios personajes en la vida que
nos asedien, o que por el contrario podamos asediar. Como cuando se invade el
cuerpo de una mujer presionando la nariz contra su pecho. Aun siendo así, sé
que no tengo ningún amigo que pueda hacer la distinción marxista entre “clase trabajadora”
y “proletariado”.
Hace poco más de una semana
mientras atravesaba la Rue de Marché, aquí en Ginebra, sentí como un tranvía
frenaba en seco por mi culpa. Sentí como si a nada en la vida se le pudiese
dejar a la cara o la cruz. Somos nosotros los que ponemos los grilletes a
nuestros destinos. Quizá lo único que nos queda es reinventarnos en nuevas
formas sexuales, espirituales y estéticas siempre partiendo desde el concepto
individual porque no hay manera de cambiar el mundo.
Cuando me preguntan “¿Qué te pasa?” siempre me dan ganas de
responder que ya es suficiente con tener que vivirlo como para tener que
contarlo. Pero esto sí es digno de ser relatado:
–Tienes pura cara de que te
encanta el periodismo –dijo Tatiana.
–Ok, ¿Y cómo es esa cara? –dije
yo.
–Jajaja, no cambias –dijo ella.
Me gustaría poder decir que he
gastado mis días invirtiéndolos en el amor. Pero siento que mi corazón es una
farsa. Porque entiendo que al final todo se reduce al tamaño de mi codicia y de
mi orgullo.
+1.37.53.jpg)
+1.42.41.jpg)
+1.14.16.png)