No hay nada que odie y aborrezca
más que un café descafeinado, es el claro reflejo de nuestra virtual
existencia, es un producto que carece de su esencia primordial, es un amague,
una burla, un simulacro de realidad. Nosotros no somos de esos jovencitos
mamones que leen poesía hasta el fastidio. Jamás nos enamoraremos de las cosas
perecederas, como tampoco nos convertiremos en engreídos inofensivos. Supongo
que ya no nos creemos ese cuento de estar hastiados, o que jugamos con la
muerte gracias al alcohol y el frenesí de la música, porque para desgracia de
los dos aún nos quedan otros 50, o quizá 70 míseros años por vivir.
Hay personas que sufren las
crisis de los 30, de los 50, de los 20 o de los 40, pero nosotros sufrimos una
hecatombe cada año, nosotros padecemos la crisis de los 21, de los 22, de los
23, hasta el final de los años. Esto nos pasa por estar soñando sueños
impropios. Lo que me lleva a preguntarte: ¿Aún crees en tu libertad y albedrío?
No sé quién de los dos está más solo, porque los recuerdos se van limando con
los días. Quizá es el sistema capitalista en su lógica de desperdicio y de
obsolescencia. Tu y yo somos eternos para el otro, por eso el tiempo entre los
dos se ha detenido, a pesar de estar inmersos en un universo ideal y cotidiano.
Nuestros padres nos prepararon un mundo donde la “vida real” está
desmaterializada, es como un espectáculo. La vida que nuestros padres nos
heredaron no es más que una inmersión en la realidad, que a su vez se organiza
y se aguanta de la fantasía. Y lo peor de este cuento es que fuimos sometidos a
una realidad diaria limitada por la falta de simbolismos, o sea, que nuestra
vida es un desierto de símbolos, o como lo llaman en Matrix, el desierto de lo
real.
Cuando estoy contigo es como estar
solo y ha de ser por eso que me gusta estar contigo. Trato de leer las noticias
a diario, y constantemente aparecen esos eufemismos de terrorismo, democracia, derechos humanos o libertad, son los
disfraces del lenguaje moderno, también palabras como amor, amistad, sexo, entre otras, que no nos permiten acercarnos a
lo que es realmente importante. Porque todo lo que creemos sobre la libertad, realmente es una pantomima de
nuestra falta de libertad. De qué sirve la libertad de pensamiento si al final
podemos pensar todo lo que queramos y tan libre como queramos pero debemos
obedecer. Tenemos la aparente autonomía, una libertad para escoger únicamente
la respuesta correcta, la vida correcta, la familia correcta, la moral
correcta, el presidente correcto, en fin.