Algunos sostienen que es lo mismo
leer sobre el mundo que recorrerlo, otros que no es lo mismo, yo no sostengo
nada, pero al pasar algún tiempo por encima del trópico de cáncer me doy cuenta
de que los que vivimos en la zona ecuatorial nos perdemos de esa pequeña magia
que es ver el paso del tiempo, los cambios del día y la noche a través de las
estaciones. Al viajar por el antiguo continente me siento como los forasteros
hispanos, asiáticos o africanos en la Roma decadente, que saboreaban la cultura
en el ocaso de la decadencia. Al igual que ellos deambulo durante el atardecer
por la ciudad internacional, donde la
religión y las técnicas se encuentran carentes de ideales.
Mientras el vapor sale de mi tasa
de té, recuerdo que hoy es el cumpleaños de mi padre. Agradable coincidencia
que los dos naciéramos un día 22. Él cuando empieza el otoño y yo cuando acaba
la primavera. Algunos duran toda su vida buscando el cielo, yo más
correspondiente no descansaré hasta llegar al fondo de mi infierno (pero no
pensar en este lugar como la sociedad occidental lo ha dibujado, más bien como
la confluencia de los suplicios). Porque si el señor Nelson Mandela dijo que él
era el capitán de su alma, pues yo soy el creador de mi propia catástrofe. Esa
misma que se engendra en la falsa idea de reversibilidad. Esta idea que anula
las necesidades por algo y te da un alma de mendigo.
Hace poco la mujer con la que comparto
mis noches me dijo: tu eres la sal de mi
vida. Aún mi cabeza juega con el morbo y las posibilidades connotativas de
esa frase. Ella se alimenta de mis inagotables buenas actitudes de ignorancia.
Porque para olvidar lo que somos debemos creer en algo, y así fue como mi
infancia se transformó en filosofía, y de ahí que los años se transformaran en
horror. Miro en el espejo mis terceros molares mientras me limpio los dientes
con seda dental. Esa extraña sensación de mutación constante del cuerpo y de su
lucha contra la conciencia. ¿Acaso mi cuerpo refleja mi edad mental, o es al
contrario? Qué es la edad mental al final de cuentas.
El otoño es el ocaso inicial.