Nos despertamos por nuestros fragmentos, pero son estos los que nos adormecen. Hoy recuerdo como en cada uno de nuestro argumentos al final sin aceptar siempre supe que tu tenías la razón, por eso la indolencia a nuestra cama. Siempre recuerdo la figura de tu espalda, porque no soportaba la idea dormir a tu lado viéndote la cara. Siempre me dejaba ir imaginando detrás de ese cuerpo consumido y sugestivo, todo absorto en sí mismo, creyendo que estaba lleno de privaciones, libertades y anhelos. Ese cuerpo cuya sabor era la eternidad, si contemplaba tu espalda no podía ver tu expresión, quizás una sonrisa, quizás no, cualquiera que fuera golpeaba mi corazón, lo único que produjo el haber fingido y engañado fue que al final tuviésemos ganas de huir.
El problema no es olvidar el norte, es recordar el sur. Di lo que quieras, ya los dos hemos perdido; pero para otros debemos permanecer, y así decender por tu famoso boquete. De las pocas caricias que me diste sólo algunas pueden llamarse besos, y de esos me marcó únicamente uno. Abstente, mi timidez desgasta tu perfección, desde que yo empecé a soñar con otra vida, tu empezaste a soñar con aquellos que hoy te rodean. Lo insoportable que es cuando la tristeza se alimenta noche a noche, y la cama rechina con un solo cuerpo. Conoces cada una de mis mentiras, tranquila es sólo la depresión de la monotonía de Febrero.
La kermesse se ha ido de mi barrio. Detrás de tu dorso, el limite entre el mundo y el colchón tiende a desvanecerse, me deslizaba dentro de tu combativo aliento, encontraba el gusto en el extremo de tu cuerpo. El florero mareado de tu habitación, siempre con peonías, marchita mi metástasis, al igual que tus últimas palabras. Mis parpados se cierran como durante un orgasmo. Sólo soy responsable ante mi, porque para ti soy un completo idiota, como un recién nacido. Pero aún así nadie superará tus manías, tus apariciones a destiempo, tu atención penetrante, lo indiscreta que eras a propósito, y la antipatía que tenias por hablar de tus gustos, eso te parecía impúdico. Alguna vez te pedí explicaciones, pero cuando empezabas a dármelas, yo dejaba de entender, y hasta dejaba de comprender mi propia pregunta.
No se trata de olvidarte, sólo es aprender a amar tu reminiscencia…