«Le vrai est ce qu'il peut;
le faux est ce qu'il veut.»
–Madame de Duras
Y hoy amanecí sintiéndome una mierda.
Los tratados son papeles y los papeles se rompen, eso solía decir Hitler y
ahora yo me encuentro a la par de él. He quebrantado y ultrajado el único
acuerdo que debe existir entre una pareja: el respeto. Yo no lo culpo a él,
gracias a que sé que mi rebelión ante su indiferencia tuvo lugar porque otra
forma de relación era posible. Ahora que he pecado y gozado de la emoción que
genera una disputa contra un hombre me siento oprimida por la consecuencia de
mis acciones, pero sobre todo porque no fui capaz de ser la mujer que he
deseado ser.
Ahora que ya no hay lugar para
las lagrimas entiendo que la efectividad de su amor (su terror) consistió en
que yo nunca entendí lo que estaba prohibido en nuestra relación. Yo nunca tuve
derecho de quejarme, acomplejarme o reclamar respuestas. Aquel hombre me
oprimió desde lo absoluto, desde su condición de macho, de católico, de
adulto-maduro, desde su infinita estupidez que oculta bajo un manto de saberes
inútiles como discografías, fechas históricas irrelevantes, datos curiosos y
reflexiones superfluas. Mientras que yo enfrascada en mi cuerpo de mujer
intentaba hacerle frente a esa autoridad falo-céntrica, mi cuerpo intentaba
amplificarse porque sólo lo múltiple es antiautoritario. Fue tal mi
aturdimiento que mi cuerpo me pedía a gritos vivir en francés:
“Sans plus réfléchir, je lui donnais
Le meilleur de mon être
Beau parleur chaque fois qu'il mentait,
Je le savais, mais je l'aimais.”
Debo confesar que llegué a
pegarle e insultarle y nada puede justificar esas refutaciones, pero si vamos a
hablar de justicia también debo confesar que en nuestras diputas él me otorgaba
el lugar del “otro”, como si yo fuese aquella que estaba afuera de la
centralidad de nuestra relación. Ese pobre hombre creía que existe alguien que
puede estar en el eje de una relación, aquel que es centrado y responsable por
los dos. Nuestra microhistoria terminó por ir a ninguna parte, como el resto de
las historias, porque ni una pareja ni la humanidad avanzarán mientras la
violencia camine a su lado. No sé cual de los dos gritó o denigró primero, no
obstante hoy recuerdo lo que hice y siento como mi violencia legitimó la de él
y viceversa. Quizá si nunca le hubiese gritado no estaría escribiendo esto. Si
yo no soy la mujer que da el ejemplo, no hay quien pueda darlo. Porque yo ya he
vivido la violencia (de mis padres, de mis amigos, de mis anteriores parejas,
de mi país) quizá es el miedo de volver a sufrir lo que me lleva a practicarlo
de nuevo. Al final toda la humanidad es victima de mi violencia.
%2B17.57.17.jpg)
Los días han pasado y de ese mal
sabor de boca queda poco. Los músicos entendemos poco de la vida, por eso
siempre hablo mal de mi. Hablo desde mi pequeño punto de vista, el de una mujer
joven latinoamericana, hablo por ellas y por mi. Ya no se trata de como dejamos
las abstenciones que el hombre nos ha impuesto, eso es lo fácil. Nuestra
pregunta es por la ordenanza cruel y tenue que nos lleva al “regocijo”. Por
estos días la mujer asume que liberarse es igual a gozar. Por eso salimos a
bailar, a tomar, a comprar y a follar. Asumimos que esa es nuestra rebelión
contra el mundo, contra el hombre. Nuestra angustia no tiene límite, y así
empiezan nuestros excesos con las drogas, con la música, con los penes, con el
hedonismo, hasta que terminamos en el psiquiatra (o cualquiera de sus
parecidos) reclamando inmunosupresores, ansiolíticos o clonazepam. Por
consecuencia de todo esa libertad ya no somos dueñas ni de nuestra entrepierna.