viernes, noviembre 07, 2014

Hélas

«Le vrai est ce qu'il peut; le faux est ce qu'il veut.»
–Madame de Duras

Y hoy amanecí sintiéndome una mierda. Los tratados son papeles y los papeles se rompen, eso solía decir Hitler y ahora yo me encuentro a la par de él. He quebrantado y ultrajado el único acuerdo que debe existir entre una pareja: el respeto. Yo no lo culpo a él, gracias a que sé que mi rebelión ante su indiferencia tuvo lugar porque otra forma de relación era posible. Ahora que he pecado y gozado de la emoción que genera una disputa contra un hombre me siento oprimida por la consecuencia de mis acciones, pero sobre todo porque no fui capaz de ser la mujer que he deseado ser. 

Ahora que ya no hay lugar para las lagrimas entiendo que la efectividad de su amor (su terror) consistió en que yo nunca entendí lo que estaba prohibido en nuestra relación. Yo nunca tuve derecho de quejarme, acomplejarme o reclamar respuestas. Aquel hombre me oprimió desde lo absoluto, desde su condición de macho, de católico, de adulto-maduro, desde su infinita estupidez que oculta bajo un manto de saberes inútiles como discografías, fechas históricas irrelevantes, datos curiosos y reflexiones superfluas. Mientras que yo enfrascada en mi cuerpo de mujer intentaba hacerle frente a esa autoridad falo-céntrica, mi cuerpo intentaba amplificarse porque sólo lo múltiple es antiautoritario. Fue tal mi aturdimiento que mi cuerpo me pedía a gritos vivir en francés:

“Sans plus réfléchir, je lui donnais
Le meilleur de mon être
Beau parleur chaque fois qu'il mentait,
Je le savais, mais je l'aimais.”

Debo confesar que llegué a pegarle e insultarle y nada puede justificar esas refutaciones, pero si vamos a hablar de justicia también debo confesar que en nuestras diputas él me otorgaba el lugar del “otro”, como si yo fuese aquella que estaba afuera de la centralidad de nuestra relación. Ese pobre hombre creía que existe alguien que puede estar en el eje de una relación, aquel que es centrado y responsable por los dos. Nuestra microhistoria terminó por ir a ninguna parte, como el resto de las historias, porque ni una pareja ni la humanidad avanzarán mientras la violencia camine a su lado. No sé cual de los dos gritó o denigró primero, no obstante hoy recuerdo lo que hice y siento como mi violencia legitimó la de él y viceversa. Quizá si nunca le hubiese gritado no estaría escribiendo esto. Si yo no soy la mujer que da el ejemplo, no hay quien pueda darlo. Porque yo ya he vivido la violencia (de mis padres, de mis amigos, de mis anteriores parejas, de mi país) quizá es el miedo de volver a sufrir lo que me lleva a practicarlo de nuevo. Al final toda la humanidad es victima de mi violencia.



Los días han pasado y de ese mal sabor de boca queda poco. Los músicos entendemos poco de la vida, por eso siempre hablo mal de mi. Hablo desde mi pequeño punto de vista, el de una mujer joven latinoamericana, hablo por ellas y por mi. Ya no se trata de como dejamos las abstenciones que el hombre nos ha impuesto, eso es lo fácil. Nuestra pregunta es por la ordenanza cruel y tenue que nos lleva al “regocijo”. Por estos días la mujer asume que liberarse es igual a gozar. Por eso salimos a bailar, a tomar, a comprar y a follar. Asumimos que esa es nuestra rebelión contra el mundo, contra el hombre. Nuestra angustia no tiene límite, y así empiezan nuestros excesos con las drogas, con la música, con los penes, con el hedonismo, hasta que terminamos en el psiquiatra (o cualquiera de sus parecidos) reclamando inmunosupresores, ansiolíticos o clonazepam. Por consecuencia de todo esa libertad ya no somos dueñas ni de nuestra entrepierna.

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