Hoy es una de esos días como para
salir por las calles de Ámsterdam y quedarse sentado en una banca mientras una
acides invade la conciencia y quizá ver la vida transcurrir en la Plaza Dam.
Ella sabe bien que la estoy esperando porque he visto el universo dentro de sus
ojos. Un susurro despertó el viaje de esa golondrina; es imposible renunciar a
la mirada a la cual se han acostumbrado mis ojos, al nuevo aliento de mi boca. Es
sólo una alucinación, ella es la catástrofe de los mártires. Hoy la mitad de mi
cuerpo es un bulto de carne, y la otra un puñado de sueños, antes de conocer a Delirio,
no era más que el predecible resultado de lo sensato, lo paralizado y lo
invariable, pero ahora, únicamente contemplo mi existencia, sé que esto suena a
galimatías, a la constante inseguridad y prejuicio de mi discurso.
La creación, es la condición que nos permite rebasar el esto, el aquí y el ahora.
sábado, junio 22, 2013
martes, junio 18, 2013
Delirio
“…por eso la luz al final del túnel es una regresión
al momento del parto y la salida del útero”
al momento del parto y la salida del útero”
La vida en el extranjero es el
roce constante de nuestro relato que se debate entre los lapsos de lo que aún
mantenemos y creemos propio, y la fuerza que nos menoscaba. Ser extranjero no
es otra cosa que la adaptación darwiniana acelerada millones de años sobre un
individuo. Pero recordemos que se puede ser un foráneo incluso en nuestra
propia ciudad, porque esta condición se cumple bajo el simple pretexto de encontrarse
en un lugar cuya nación no le es propia, a quién podría pertenecerle todos los
barrios de una urbe moderna como Bogotá o Ginebra. Al igual que la leyenda de
un reo, mi historia durante estos últimos meses también ha sido sobre la
libertad, y sólo los que hemos sido privados de ella entendemos su verdadero
valor, y la entendemos porque los reos aprendemos a pensar antes que a vivir.
Si fuera un historiador de mi
propia vida podría decir que antes de haberme condenado a esta condición, era
un hombre moderno como cualquier otro, fornicaba y contemplaba algún otro
vicio. Pero ahora me he acostumbrado a esta verdad, y es esta circunstancia la
que me ha dejado en la desgracia. La suerte con la que corro por estos días se
confunde con la decadencia de los sistemas morales, carezco de ideales o de
cualquier cosa que se le parezca, soy refocilación del cuerpo que siento
deambular barajado entre el desengaño y las anochecidas. El extranjero es la
simplificación de la nada universal, es la negación del letargo de la
vivacidad, es el Concierto para dos violines en Re menor de Bach, es la praxis
que queda al amanecer cada día y al darnos cuenta que en la noche anterior optamos
por no suicidarnos.
Insisto en mi buen gusto, en lo
que espero de los demás, en lo que me merezco por derecho divino, en que la amo
a ella pero primero está mi amor propio, en lo fútil que es nuestra circunstancia que nos permite el apego a las miserias del mundo. Las calles de este país,
que no contiene ninguna ciudad, porque ciudad que se respete tiene por lo menos
más de un millón de habitantes, son las calles de cualquier pueblo de Sur
America, no las sostiene ninguna creencia y ningún recuerdo las fortalece.
Nosotros los reos del mundo debemos serle fieles a la vergüenza e infieles la beldad.
Quizá todo esto no sea más que la sensación de este verano inexpugnable que
supera los 30 grados.
viernes, junio 07, 2013
La fosse
—El verdadero sentido de la vida en pareja no es
otro más allá que la intención de compartir— Dijo ella, pretendiendo ocultar
una felicidad que la invadía hace tiempo ya. Se encontraban en aquel espacio
que tanto a él fascinaba, un espacio que era amargo porque ella lo había
convertido en el reflejo de su alma, esa habitación que durante tanto tiempo
ella había habitado en soledad, ahora se encontraba perturbada por su presencia.
— Me preguntas por qué me gusta escribir cartas, quizá sea por la misma razón que
me gustan tus ojos, o porque llueve, es probable que sea lo único amañado a mi
esencia. Pero no me pidas que deje de hacerlo, ni siquiera a los otros hombres
que aún acompañan mis recuerdos, porque si están ahí, en mi cabeza, es porque
de alguna manera están presentes — dijo ella con recelo.
De nuevo se encontraba él allí, haciendo maletas,
preparando la mudanza y su alma para abandonar un espacio que habitó durante un
periodo considerable, y se decía para sus adentros: “He cerrado tantas maletas
en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no me han llevado
a ninguna parte, quizá mi hogar sólo está al lado de la mujer que follo.” —
Esas cartas tuyas siempre tan ensimismadas, siempre tan no tú, siempre tan sitiadas
y ocultas, son tu pequeño mundo tamaño carta. — Dijo él con la intención de
continuar con la conversación, tomó un poco de latte macchiato del vaso de
ella, porque el de él hacía ya varios minutos se había esfumado en un proceso
digestivo. — Por ejemplo, cuando te encierras en tu cuarto a redactar, de
repente me encuentro solo, solo con el sofá, solo con mi necesidad y mi ahogo.
Ella no podía encontrar algo tan molesto como el
sentimiento de apatía que le producía los elaborados esclarecimientos de él,
los cuales están llenos de expresiones como: “por ejemplo” o “quizá”. — Tus
comentarios siempre han tenido esa sensación que produce una bofetada en la
mejilla derecha cuando la esperabas por la izquierda, eres y has sido la mejor
variación de mi vida, no esperes abobar la totalidad de mi existencia — dijo
ella, siempre recalcándole su lugar en su vida — Et vous, le bonheur vous
l'imaginez commene? Comme la fosse d'une chute dans un rêve — le recordó
aquella pregunta que ella una vez le hizo y la respuesta que él alguna vez le
dio.
—No puedes condenarme con cada frase que digo, a
pesar que sé que sólo soy dueño de lo que callo. Sé que les mandas las cartas
en nuestra madrugada, porque te gusta que ellos las reciban en su noche, a
pesar de que las escribes por la tarde — ella sentía nostalgia del ser humano que
él alguna vez fue para ella. Él fue como un dios ambulante que la miraba de vez
en cuando a los ojos, pero ese dios ya no habita más en ese cuerpo, se dejó
consumir por los complejos de Antínoo, y por la felicidad que le producía subir
hasta el quinto piso, sin ascensor, de aquel edificio donde ella habitaba en la
mitad de la ciudad vieja, donde existía aquella ventana llena de alba donde se
encontraban los primeros sonidos de la ciudad.
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