martes, mayo 28, 2013

61.516.800 segundos

Siempre escribirte a ti es un acto de amor, pero no de amor en el sentido poético de la palabra, sino todo lo contrario, en el sentido del fiasco que este engendra. Porque escribirte a ti sólo se puede comparar con el acto de escribirle a la mujer que amo, debido que al final es eso, es escribirle al paradigma, al estereotipo, al arquetipo de la mujer conjeturada y del orgasmo prometido. Sin ti el amor no tendría ideal, ni alfa, ni omega y muchos menos Cronos o Gaia.

Desde aquel inicio, me he preguntado dónde está el límite de tú mirada, acaso perdida en el recuerdo de un cuerpo mejor, o será que entre nuestro ahora y nuestro declive. Hemos sido como las puntas de un lazo que unen entre si a la muerte y a la creación, porque nos separaron por 712 días, esa es la distancia de mi soledad, ese es mi vacío, nada puede durar más que esa pequeña muerte.


Me he retorcido desde aquel día que me hiciste compartir el amor de madre, pero acarreaste contigo uno más acido, más duro, más complejo, más tiránico, más tuyo. Porque eso eres tu, eres la sonrisa entre lagrimas, eres el pelo que cuelga de una mujer cuando yace arriba mío mientras cohabitamos el cuerpo del otro, eres el reconocimiento de los labios al besar, eres el olor del café derramado en mi habitación, eres esa esencia que permanece cuando al bañarme me quito la de las otras.

Eres lo inverosímil que nos separó un año, 11 meses y 12 días, o si quieres 61.516.800 segundos. Pensar que yo nací un viernes, día de Venus, diosa de la belleza y el amor, y tú un miércoles, día de Mercurio, dios de los viajeros. Y que al final los dos somos hijos de “Junio” Bruto, fundador de la República Romana. En fin, gracias por estos casi 21 años (espero que a ti te corresponda mi muerte, porque a mi me correspondió tu vida), por nunca quejarte de tener que compartirlos todos conmigo, porque aún me miras como si todo estuviese por acontecer, porque continuas eligiéndome a mi sobre todas las cosas para complicarte la vida.

sábado, mayo 18, 2013

Cóbralo cobra


Pensé que jamás escribiría estas palabras pero es momento de decirte adiós. Pensé que nos duraría toda una vida, pero el tiempo que pasó quizá fue una vida entera. Despierto en estos días de primavera riéndome de las burlas de antaño, ese refugio donde alguna vez fermentó el amor. Ya lo nuestro hace de los locos latidos del corazón un atabal, así como nuestros últimos rastros de calor pudren y lanzan a la nada aquel sentir. Hoy sólo queda los forzados, los presidiarios, los reos de un sentimiento avinagrado, ese sentido trágico-estético del humor que tanto me apasiona.

Al final la desdicha de nuestro país no logró que el mundo nos consolara por tan fatal destino, ninguna otra nación es menos que nosotros. Por eso planto una cruz sobre lo que hemos sido y un yunque sobre lo que habríamos podido ser. He rapado mi cabeza en símbolo de que es el cráneo el asesino de nuestras esperanzas; no somos más que nuestra naturaleza, no somos más que ese temblor que rompe todo en nosotros y nos devuelve al principio, al vientre, al inicio de nuestra fatalidad. Pocas mujeres han logrado romper mi espejo reflectante de valores.
Cuando ella me pregunta el porque de hacerle el amor, la única respuesta coherente radica en su mirada, no hay más que eso, la sensación de resbalarme dentro de esos ojos, sentir que es el tetraedro. Los dioses deberían castigarla por tener una mirada tan perfecta, como lo hicieron con Prometeo. Pero el protocolo no me permite responder algo así, por lo tanto opto por algo menos elaborado: lo hice porque tengo miedo a perderte, era la última carta que tenía antes de la pequeña muerte, para que te inclinaras por quedarte.

Hoy trato de no venderle a la mujer que me acompaña ningún teatro, pero sé que al intentar algo así también pongo entre los dos un telón. A esa mujer con la que duermo y extraño cuando sale el sol, a ese mujer que se encuentra junto a mi, quiero pedirle que al igual que todas las que han estado sobre mi brazo, deben perder la razón, porque seguir adelante siempre nos cuesta, y al perder eso que algunos consideran necesario podemos olvidar lo aparente del sufrimiento.

(A quien sea que lea esto, gracias por las cuatro mil visitas.)

viernes, mayo 10, 2013

Monito


“Lo que nos ligaba nos desligaba; y por ese 
desligamiento nos reencontrábamos
ligados en lo más profundo de nosotros”


Sentir que camino de la mano de un alma que entiende a la perfección mi síndrome de disincronía crónico tiene el mismo valor que quitarse el reloj y apagar el celular antes de empujar el miembro dentro de un cuerpo, ese sabor a derrota. La unión de lazos entre dos seres que desarrollan una relación cultural ligada a sus labios y la yema de sus dedos. Esto, una vez más no tiene la intención de ser una declaración de amor, porque algo así sólo podría producirnos arcadas desde el duodeno hasta la punta de la lengua.

Te pregunto una vez más, estas lista para combatir las cábalas y los intereses de un núcleo burgués y adherirte a la creación, siempre imparcial de la conciencia del nosotros. Insistes en la destrucción de los muros de mi conciencia sobre reflexiones pasadas respecto a mis modelos estéticos, en pocas palabras, me dices que soy ser bendecido por Afrodita, pero qué podría saber una mujer como tú sobre una diosa como ella. Al final seré yo el caiga derrotado ante tus bellos discursos y tus ojos de triple retina sin alta definición.

Hemos implantado en el otro una necesidad latente, nos hemos distanciado del olvido que algún día seremos, todo en la eternidad de un primer beso, estamos aquí reunidos con el absoluto propósito de escupir la melancolía a la cara, todo porque somos la superioridad de un sentimiento materializado dentro de un trastorno psicosomático. Es aquí donde podemos volver la cabeza, ver que sólo de lo que nos podemos arrepentir nos podremos sentir orgullosos, y pasaremos a la historia, acaso como el mayor logro de nuestra vida, acaso como la defensa de un pretexto antes de dormir con la intención de alargar una conversación que evita una relación de libertar sexual, así las madrugadas se hacen a su vez intolerables, llenas de pesadez y lobreguez. Usted se ha ubicado en un espacio concreto en mi vida, el feliz infinito de una consecuencia de una posible vida llena de felicidad, porque desde que me vi reflejado en el abismo de sus ojos supuse que jamás saldría de mi vida o saldría con vida.

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