Siempre escribirte a ti es un acto de amor, pero no
de amor en el sentido poético de la palabra, sino todo lo contrario, en el
sentido del fiasco que este engendra. Porque escribirte a ti sólo se
puede comparar con el acto de escribirle a la mujer que amo, debido que al
final es eso, es escribirle al paradigma, al estereotipo, al arquetipo de la
mujer conjeturada y del orgasmo prometido. Sin ti el amor no tendría ideal, ni
alfa, ni omega y muchos menos Cronos o Gaia.
Desde aquel inicio, me he preguntado dónde está el
límite de tú mirada, acaso perdida en el recuerdo de un cuerpo mejor, o será
que entre nuestro ahora y nuestro declive. Hemos sido como las puntas de un
lazo que unen entre si a la muerte y a la creación, porque nos separaron por 712 días,
esa es la distancia de mi soledad, ese es mi vacío, nada puede durar más que
esa pequeña muerte.
Me he retorcido desde aquel día que me hiciste
compartir el amor de madre, pero acarreaste contigo uno más acido, más duro,
más complejo, más tiránico, más tuyo. Porque eso eres tu, eres la sonrisa entre
lagrimas, eres el pelo que cuelga de una mujer cuando yace arriba mío mientras
cohabitamos el cuerpo del otro, eres el reconocimiento de los labios al besar,
eres el olor del café derramado en mi habitación, eres esa esencia que
permanece cuando al bañarme me quito la de las otras.
Eres lo inverosímil que nos separó un año, 11 meses
y 12 días, o si quieres 61.516.800 segundos. Pensar que yo nací un viernes, día
de Venus, diosa de la belleza y el amor, y tú un miércoles, día de Mercurio,
dios de los viajeros. Y que al final los dos somos hijos de “Junio” Bruto,
fundador de la República Romana. En fin, gracias por estos casi 21 años (espero que a ti te corresponda mi muerte, porque a mi me correspondió tu vida), por
nunca quejarte de tener que compartirlos todos conmigo, porque aún me miras
como si todo estuviese por acontecer, porque continuas eligiéndome a mi sobre
todas las cosas para complicarte la vida.