A veces parece que mi vida se
detuvo un día a las 6 de la tarde, que es un eterno atardecer perecedero,
blando, lluvioso, rojo, sin expectativa, inútil. Aún me siento lento y mojado,
untado de sueño, sabor a pintalabios en la boca y otras partes, recuerdo bien
tus perlas frías colgando. Qué puede importar ser libre cuando se tienen 15
ahora de vida antes de volverse a acostar.
Esto que lees se parece más bien
al esperma, algo que murmura con malicia: “recuerdo de amor”. Me asqueo
fácilmente de mi, como cuando tienes diarrea y no quieres tocar ni ser tocado,
como si conservaras cierto olor. Eres de las pocas que le gusta oírme hablar
sobre mi mismo, exponer mi pequeña conciencia, mis problemas morales. En
ocasiones siento que sólo soy un caso más de tu psicología. Es como cuando
rompes un florero, aparentas disgusto y vergüenza, pero en el fondo tienes la
conciencia tranquila.
No dudes que me hice la promesa
de colmarte de amor. Cuando el intento de amar no es mutuo, es tan revelador
como una blenorragia, es una enfermedad venérea, es eso lo que tenemos que
comprender. Cuando entiendas que estaré a 8.800 kilómetros pensarás con ardor:
“hubiera sido mío. Aun idiota, aun deforme, hubiera sido mío.” Hay aspiraciones
secretas, lóbregos contratos, tan solitarios, tan infamantes, complicados de
disimular a tanta gente, que nos hacen sentir culpables y nos dan horror de
nosotros.
Esto es lo que te hubiese escrito
si algo tangible hubiese pasado entre nosotros. Ahora es sólo un agobio de
responsabilidades cívicas, hablarte bajo, no tocar lo que tengas expuesto,
ejercer con moderación pero con firmeza el espíritu crítico, nunca olvidar la
más sagrada de nuestras virtudes, la penitencia. Eres como la dignidad humana,
se conserva aún sin saber que hacer con ella. Es cierto entonces que se te
puede amar.