Mañana la realidad será sólo el
tiempo, ella vio con claridad que no pertenecíamos al lugar, y me pidió cambiar
de lapso, cuando distinguió una lagrima en mi rostro me miró con arrebato,
pensé entonces en Théophile Gautier, en su “arte por el arte”, entendí que sí
lo que dijese a continuación no estaba asociado con el compromiso de entender
la belleza de su adeudo, debía salir rápido de aquel cuarto. Lo único que
conseguí fue taparme el pecho.
Dentro del grupo de personas que
nos acompañan sólo discrepo de ella. La observo entrar en la habitación plagada
del humo de los cigarrillos e impregnada del olor a CH3-CH2-OH, a su alrededor
se siente toda su vida, el rostro que me permite ver la chimenea, los fantasmas
de un pasado aún fragmentario. Los pañales en su vida se fueron pronto, su
mirada es como un grifo que gotea, busca su infancia en la noche que se esconde
en el reflejo de la ventana, sólo sé que en ese cuerpo una mujer descansa.
Involucrada en el montón pero perdida de todo y de todos, es una mujer que
lleva cincelada en la piel promesas de recónditos. Todo se consumía a su ritmo
sobre la mesa, a la juventud le gusta salpicarse con la Parca, cuando cayó la
luna miramos la luz que ya se había extinguido en nuestra jornada y debajo de
su falda nos dimos la mano. Pretendo que alguna noche pueda volver a reclutar
todo lo preconcebido, reanudar esas perspectivas.
Creímos haber sido la antítesis
de las relaciones humanas, de los excesos, de la hipertrofia de las emociones,
automatizados de los tabúes y al final no fuimos más que el placer solitario
que promovimos en el otro. Mientras el mundo se elevaba a nuestro pies,
nosotros nos anclamos a la tierra, nos quedamos solos en medio de lo
inseparable, fue nuestro abuso, nuestra caída, pero por lo menos fue nuestro.
Amamos cada vertiente y cada talud, sólo precisábamos de un suspiro y
prescindíamos de un ahora. Profetizábamos un desprecio por la conmoción poética, éramos eso, la descripción
de nuestras conciencias.