—El verdadero sentido de la vida en pareja no es
otro más allá que la intención de compartir— Dijo ella, pretendiendo ocultar
una felicidad que la invadía hace tiempo ya. Se encontraban en aquel espacio
que tanto a él fascinaba, un espacio que era amargo porque ella lo había
convertido en el reflejo de su alma, esa habitación que durante tanto tiempo
ella había habitado en soledad, ahora se encontraba perturbada por su presencia.
— Me preguntas por qué me gusta escribir cartas, quizá sea por la misma razón que
me gustan tus ojos, o porque llueve, es probable que sea lo único amañado a mi
esencia. Pero no me pidas que deje de hacerlo, ni siquiera a los otros hombres
que aún acompañan mis recuerdos, porque si están ahí, en mi cabeza, es porque
de alguna manera están presentes — dijo ella con recelo.
De nuevo se encontraba él allí, haciendo maletas,
preparando la mudanza y su alma para abandonar un espacio que habitó durante un
periodo considerable, y se decía para sus adentros: “He cerrado tantas maletas
en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no me han llevado
a ninguna parte, quizá mi hogar sólo está al lado de la mujer que follo.” —
Esas cartas tuyas siempre tan ensimismadas, siempre tan no tú, siempre tan sitiadas
y ocultas, son tu pequeño mundo tamaño carta. — Dijo él con la intención de
continuar con la conversación, tomó un poco de latte macchiato del vaso de
ella, porque el de él hacía ya varios minutos se había esfumado en un proceso
digestivo. — Por ejemplo, cuando te encierras en tu cuarto a redactar, de
repente me encuentro solo, solo con el sofá, solo con mi necesidad y mi ahogo.
Ella no podía encontrar algo tan molesto como el
sentimiento de apatía que le producía los elaborados esclarecimientos de él,
los cuales están llenos de expresiones como: “por ejemplo” o “quizá”. — Tus
comentarios siempre han tenido esa sensación que produce una bofetada en la
mejilla derecha cuando la esperabas por la izquierda, eres y has sido la mejor
variación de mi vida, no esperes abobar la totalidad de mi existencia — dijo
ella, siempre recalcándole su lugar en su vida — Et vous, le bonheur vous
l'imaginez commene? Comme la fosse d'une chute dans un rêve — le recordó
aquella pregunta que ella una vez le hizo y la respuesta que él alguna vez le
dio.
—No puedes condenarme con cada frase que digo, a
pesar que sé que sólo soy dueño de lo que callo. Sé que les mandas las cartas
en nuestra madrugada, porque te gusta que ellos las reciban en su noche, a
pesar de que las escribes por la tarde — ella sentía nostalgia del ser humano que
él alguna vez fue para ella. Él fue como un dios ambulante que la miraba de vez
en cuando a los ojos, pero ese dios ya no habita más en ese cuerpo, se dejó
consumir por los complejos de Antínoo, y por la felicidad que le producía subir
hasta el quinto piso, sin ascensor, de aquel edificio donde ella habitaba en la
mitad de la ciudad vieja, donde existía aquella ventana llena de alba donde se
encontraban los primeros sonidos de la ciudad.
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