viernes, junio 07, 2013

La fosse

—El verdadero sentido de la vida en pareja no es otro más allá que la intención de compartir— Dijo ella, pretendiendo ocultar una felicidad que la invadía hace tiempo ya. Se encontraban en aquel espacio que tanto a él fascinaba, un espacio que era amargo porque ella lo había convertido en el reflejo de su alma, esa habitación que durante tanto tiempo ella había habitado en soledad, ahora se encontraba perturbada por su presencia. — Me preguntas por qué me gusta escribir cartas, quizá sea por la misma razón que me gustan tus ojos, o porque llueve, es probable que sea lo único amañado a mi esencia. Pero no me pidas que deje de hacerlo, ni siquiera a los otros hombres que aún acompañan mis recuerdos, porque si están ahí, en mi cabeza, es porque de alguna manera están presentes — dijo ella con recelo.

De nuevo se encontraba él allí, haciendo maletas, preparando la mudanza y su alma para abandonar un espacio que habitó durante un periodo considerable, y se decía para sus adentros: “He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no me han llevado a ninguna parte, quizá mi hogar sólo está al lado de la mujer que follo.” — Esas cartas tuyas siempre tan ensimismadas, siempre tan no tú, siempre tan sitiadas y ocultas, son tu pequeño mundo tamaño carta. — Dijo él con la intención de continuar con la conversación, tomó un poco de latte macchiato del vaso de ella, porque el de él hacía ya varios minutos se había esfumado en un proceso digestivo. — Por ejemplo, cuando te encierras en tu cuarto a redactar, de repente me encuentro solo, solo con el sofá, solo con mi necesidad y mi ahogo.

Ella no podía encontrar algo tan molesto como el sentimiento de apatía que le producía los elaborados esclarecimientos de él, los cuales están llenos de expresiones como: “por ejemplo” o “quizá”. — Tus comentarios siempre han tenido esa sensación que produce una bofetada en la mejilla derecha cuando la esperabas por la izquierda, eres y has sido la mejor variación de mi vida, no esperes abobar la totalidad de mi existencia — dijo ella, siempre recalcándole su lugar en su vida — Et vous, le bonheur vous l'imaginez commene? Comme la fosse d'une chute dans un rêve — le recordó aquella pregunta que ella una vez le hizo y la respuesta que él alguna vez le dio.

—No puedes condenarme con cada frase que digo, a pesar que sé que sólo soy dueño de lo que callo. Sé que les mandas las cartas en nuestra madrugada, porque te gusta que ellos las reciban en su noche, a pesar de que las escribes por la tarde — ella sentía nostalgia del ser humano que él alguna vez fue para ella. Él fue como un dios ambulante que la miraba de vez en cuando a los ojos, pero ese dios ya no habita más en ese cuerpo, se dejó consumir por los complejos de Antínoo, y por la felicidad que le producía subir hasta el quinto piso, sin ascensor, de aquel edificio donde ella habitaba en la mitad de la ciudad vieja, donde existía aquella ventana llena de alba donde se encontraban los primeros sonidos de la ciudad.

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