“…por eso la luz al final del túnel es una regresión
al momento del parto y la salida del útero”
al momento del parto y la salida del útero”
La vida en el extranjero es el
roce constante de nuestro relato que se debate entre los lapsos de lo que aún
mantenemos y creemos propio, y la fuerza que nos menoscaba. Ser extranjero no
es otra cosa que la adaptación darwiniana acelerada millones de años sobre un
individuo. Pero recordemos que se puede ser un foráneo incluso en nuestra
propia ciudad, porque esta condición se cumple bajo el simple pretexto de encontrarse
en un lugar cuya nación no le es propia, a quién podría pertenecerle todos los
barrios de una urbe moderna como Bogotá o Ginebra. Al igual que la leyenda de
un reo, mi historia durante estos últimos meses también ha sido sobre la
libertad, y sólo los que hemos sido privados de ella entendemos su verdadero
valor, y la entendemos porque los reos aprendemos a pensar antes que a vivir.
Si fuera un historiador de mi
propia vida podría decir que antes de haberme condenado a esta condición, era
un hombre moderno como cualquier otro, fornicaba y contemplaba algún otro
vicio. Pero ahora me he acostumbrado a esta verdad, y es esta circunstancia la
que me ha dejado en la desgracia. La suerte con la que corro por estos días se
confunde con la decadencia de los sistemas morales, carezco de ideales o de
cualquier cosa que se le parezca, soy refocilación del cuerpo que siento
deambular barajado entre el desengaño y las anochecidas. El extranjero es la
simplificación de la nada universal, es la negación del letargo de la
vivacidad, es el Concierto para dos violines en Re menor de Bach, es la praxis
que queda al amanecer cada día y al darnos cuenta que en la noche anterior optamos
por no suicidarnos.
Insisto en mi buen gusto, en lo
que espero de los demás, en lo que me merezco por derecho divino, en que la amo
a ella pero primero está mi amor propio, en lo fútil que es nuestra circunstancia que nos permite el apego a las miserias del mundo. Las calles de este país,
que no contiene ninguna ciudad, porque ciudad que se respete tiene por lo menos
más de un millón de habitantes, son las calles de cualquier pueblo de Sur
America, no las sostiene ninguna creencia y ningún recuerdo las fortalece.
Nosotros los reos del mundo debemos serle fieles a la vergüenza e infieles la beldad.
Quizá todo esto no sea más que la sensación de este verano inexpugnable que
supera los 30 grados.
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