martes, junio 18, 2013

Delirio

“…por eso la luz al final del túnel es una regresión
al momento del parto y la salida del útero”

La vida en el extranjero es el roce constante de nuestro relato que se debate entre los lapsos de lo que aún mantenemos y creemos propio, y la fuerza que nos menoscaba. Ser extranjero no es otra cosa que la adaptación darwiniana acelerada millones de años sobre un individuo. Pero recordemos que se puede ser un foráneo incluso en nuestra propia ciudad, porque esta condición se cumple bajo el simple pretexto de encontrarse en un lugar cuya nación no le es propia, a quién podría pertenecerle todos los barrios de una urbe moderna como Bogotá o Ginebra. Al igual que la leyenda de un reo, mi historia durante estos últimos meses también ha sido sobre la libertad, y sólo los que hemos sido privados de ella entendemos su verdadero valor, y la entendemos porque los reos aprendemos a pensar antes que a vivir.

Si fuera un historiador de mi propia vida podría decir que antes de haberme condenado a esta condición, era un hombre moderno como cualquier otro, fornicaba y contemplaba algún otro vicio. Pero ahora me he acostumbrado a esta verdad, y es esta circunstancia la que me ha dejado en la desgracia. La suerte con la que corro por estos días se confunde con la decadencia de los sistemas morales, carezco de ideales o de cualquier cosa que se le parezca, soy refocilación del cuerpo que siento deambular barajado entre el desengaño y las anochecidas. El extranjero es la simplificación de la nada universal, es la negación del letargo de la vivacidad, es el Concierto para dos violines en Re menor de Bach, es la praxis que queda al amanecer cada día y al darnos cuenta que en la noche anterior optamos por no suicidarnos.

Insisto en mi buen gusto, en lo que espero de los demás, en lo que me merezco por derecho divino, en que la amo a ella pero primero está mi amor propio, en lo fútil que es nuestra circunstancia  que nos permite el apego a las miserias del mundo. Las calles de este país, que no contiene ninguna ciudad, porque ciudad que se respete tiene por lo menos más de un millón de habitantes, son las calles de cualquier pueblo de Sur America, no las sostiene ninguna creencia y ningún recuerdo las fortalece. Nosotros los reos del mundo debemos serle fieles a la vergüenza e infieles la beldad. Quizá todo esto no sea más que la sensación de este verano inexpugnable que supera los 30 grados.



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