Por estos días la mierda de mi
país me ha alcanzado. Resulta que estaba hablando con una amiga cuya
inclinación sexual es bisexual, si es que eso dice algo de alguien. Dicha
amiga, es una joven colombiana igual que otras 5 millones que habitan en mi
país, nacida y criada en Bogotá, de una familia de estrato alto, de apariencia
agradable. Se encuentra terminando sus estudios en la Universidad Javeriana.
Acontece que ella se encontró para almorzar con un grupo de amigas del colegio,
otras tres jovencitas normales de mi amada Colombia, dos de ellas estudiantes
de la supuesta mejor universidad del país, la prestigiosa Universidad de los
Andes. Mi amiga les contó que desde que había terminado con Daniel, no se había
vuelto a sentir tan feliz como con su nueva amante. Otra mujer normal de Bogotá
cuya única diferencia es que prefiere los coños a los falos. No fue más que
comentar que estaba saliendo con otra mujer, para que sus grandiosas amigas la
interrogaran y la desprestigiaran, incluso una se burló de ella. Esto no me
sorprendería de no ser porque estas mujeres pertenecen a la clase educada y
“culta” de nuestra sociedad.
Yo que pensaba que los prejuicios
y los sesgos mentales se derrumban con la educación. Pero no, porque la que más
se mofó y despotricó de la condición de mi amiga, fue una tal Carolina que está
terminando un pregrado de antropología en Los Andes, si este estúpido ser
humano no es capaz de utilizar sus estudios para derrumbar las barreras
arcaicas de nuestra cultura, quién más podrá. Cuando me enteré de esto, no pude
contenerme, y le pregunte a uno de mis mejores amigos, cuál es el problema de
nuestra sociedad, y él asertivamente me dijo: quizá lo que está mal es nuestro individualismo mal direccionado.
Bajo los parpados de nuestra marchita sociedad se pudren las mujeres. El concepto de genero nos fragmenta como grupo humano. Es como un árbol cuyas
hojas alcanzan el cielo pero olvida sus raíces. ¿Será que algún día nuestra
sociedad sofocará el destino negativo que la tortura, o curará la enfermedad
que la devora al ritmo de nuestra respiración, o continuará elevando la
amargura de nuestras vidas a la altura de la esencia de nuestras preguntas?
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