El traidor de cualquier deseo
tiene nombre propio: la felicidad. Pero a esto que llamamos felicidad no es más
que estar atrapado por lo que creemos que es el deseo. Y lo que yo deseo de ti
no es más que el impenetrable abismo absoluto de tu humanidad. Para ti no soy
más que una interpelación, un mandato simbólico. Me burlo de mis creencias y
continúo practicándolas. Si acaso lo único que nos queda es encontrar una
solución temporalmente pragmática. Hace poco te dije amigo mío que: “…clasifico a mis amigos/as, y es fácil
encontrar en las mujeres razones aparentes para salvar la humanidad, a veces
creo que todo se reduce a lo que tienen entre las piernas. Pero dado que no soy
homosexual o eso siento, encontrar razones para perdonar a los hombres es más
difícil. De mis cuatro amigos con pene usted es entre ellos el único que
salvaría y eso que es judío.”
Eres mayor que yo y eso siempre
me recuerda que la sensación del paso del tiempo la marca el otro, vemos el
paso de los días en el rostro ajeno. Tenemos un pasado en común, creíamos
necesitar el fracaso de las relaciones. Y quizá compartimos un eterno devenir
donde el ambiente que crea el otro nos sirve como medio para definir nuestro
rol en el contexto. Él sentido de nuestra amistad no es un comienzo, es un
fruto. Yo no me gasto la vida tratando de revelarlo, rehabilitarlo o
substituirlo. Por eso le prometo que cuando lo vuelva a ver beber será una
cuestión de cantidad, dado que tomar alcohol es cuestión de alcanzar la última
gota.
Los hombres como usted, no como
yo, tienen como reto la creación de algo que se encuentra más allá de la
muerte, de la subordinación, de la degradación o del pavor. Escucharlo crear
sonidos tal vez no sea más que eso. Por mi parte sólo escribo para crear líneas
de evasión. Los dos estamos estancándoos en un momento en el cual vemos al
resto avanzar hacia su porvenir, mientras nosotros empujamos el devenir.
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