–Hola –dijo ella.
–Hola –dijo él.
Sus almas se encontraban de nuevo
en aquel limbo a donde llegaban cuando sus cuerpos dormían. No era como los
Campos Elíseos, era más bien como Bifröst. Tenían que recordar que el Doxa de
la postmodernidad sobre la “realidad” es un producto del discurso, una ficción
simbólica que es desapercibida como una entidad autónoma substancial. En otras
palabras, debemos distinguir cual parte de la realidad está transfigurada como
fantasía.
–Hoy nuestros destinos vuelven a
emparejarse, hoy mi corazón está desierto, por eso levanto la cabeza hacía ti
–dijo ella –en este momento allá ya no es mi cumpleaños y más allá de eso,
quizá en unos meses vivamos en el mismo uso horario. Tal vez algún día formemos
parte de un menages à trois, no
distingamos de confesiones terrenales, dejemos de posar con el vino y los
quesos, supere tu estado antiburgués, porque al final de ti sólo quiero tu
parte más simple: la fachada.
–Te he estado observando desde mi
lado del mundo y veo a tu alrededor los escombros del porvenir, el supuesto
amor por aquél otro ser. El embarazo de tu amiga, el dinero de tu madre, pero
en el centro de todo recuerdo como solía posar de lector, ahora de escritor
–dijo él con su apasionada explosión de afecto ante ella con su fría distancia
desapasionada.
–Cuando camino al trabajo y veo
el triste desfile de edificios de la Carrera 15, me invaden los recuerdos de mi
infancia, mis sueños de libertad, de grandeza, y me doy cuenta que aún estoy
rodando sobre esas memorias. Y no soy yo la que se aparta de esas felicidades,
son ellas las que se alejan de mi. Los días que se fueron tienen derecho sobre
mi, porque son como yo, maduros, cansados; esos días mantienen sus exigencias
sobre mi, y sufro de remordimiento porque mi presente está descuidado y
hastiado. Pero tranquilo que esto no es más que el porvenir –dijo ella, ahí en
sus sueños, a el alma de él, y entonces su cuerpo tembló en su cama. Retembló
porque lo contrario de existir es insistir, y aquello que no existe, persiste
contra la existencia. Y ella eterniza sobre su lucha contra la propiedad
privada de los cuerpos, porque según Foucault lo importante de un acto sexual
es poder ejercer “nuevas formas de vida”.
El olor húmedo del sueño lo
distraía mientras escuchaba aquél ser, aquella mujer protestar contra sus días.
Y entonces le dijo:
–Hemos rumiado nuestra juventud,
por eso no hacemos proyectos cuyo plazo no sea mayor a unos dos o tres años.
Como si no tuviéremos por delante más de cinco o seis años –le dijo él mientras
la perseguía por el vacío –sabes bien que no te propongo una política de la
felicidad, es más bien una exploración de la libertad.
A ella la hubiese encantado escuchar
lo que él decía, pero quería comprender a medias lo que le había dicho, para no
romper el encanto. Mientras sus almas caminaban sin propósito se preguntaba en
qué podía pensar para alcanzar alguna satisfacción. Quizá recapacitar que: ser mujer no es una esencia ni un destino y
que la opresión tiene un status contingente.
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