El pasado abril, exactamente el
miércoles 16, le escribí a quien quizá fue y podría volver a ser mi
contemporáneo más apreciado. Juan José Botero Bonilla, quien fuera mi mejor
amigo de mi último periodo escolar. Con él empecé mis primeros debates sobre el
arte, las humanidades y la política. Con él emprendí el viaje al inmenso abismo
del conocimiento, el éxodo a la eterna nada que es un certeza. Nos recuerdo
probando uno al otro su conocimiento sobre geografía, historia, ciencias, en
fin cualquier tema que pudiésemos manosear. Hace mucho tiempo que no hablamos y
menos que nos vemos, pero yo sé que él al igual que yo nos llevamos presentes
en la conciencia, casi que medimos nuestros actos con el prejuicio del otro,
muchas veces haciendo caso omiso.
Aquel día de abril le dije: Hoy tuve una conversación bastante extensa
sobre usted como sujeto de discusión (sobre todo de nuestra época de colegio).
Por aquellos días levanto mi copa y mi corazón. Espero todo este muy bien en
vuestra vida y me gustaría recibirlo en mi pequeña morada en esta ciudad.
A lo que él me respondió: Mucha gracias. Quiero que sepa que me
alegra mucho que lleve la vida que yo me imaginaba que iba a tener. Una vida
llena de lectura, arte y conocimiento. Al menos eso parece y espero que así sea.
Aunque hoy en día me preocupan mucho menos todas las cosas que discutíamos, a
cambio de otras más terrenales y más prácticas, quiero que sepa que no cambia
mi aprecio por usted. Ojalá tener el tiempo y los recursos para en algún
momento visitarlo.
Finalmente yo le dije: Gracias por aquello de imaginarme de tal
forma, me halaga. Yo sé que hemos cambiado en muchas formas, pero a veces
siento que en las fundamentales somos los mismos jovencitos llenos de pavadas.
Mi cariño por usted se mantiene inmaculado. Espero verlo y encontrarnos para un
cafecito y tertulia, o para unas cervezas y ácidos. Me da igual. Un abrazo.
Los años han transcurrido desde
aquel grado de colegio en junio del 2008. Una de las nociones más dura de
afrontar para los jóvenes como nosotros que habitamos un momento histórico en
el cual las grandes “ideas” han muerto y en su lugar tenemos discursos ligeros
(por su carencia de argumentos fuertes y renovadores) y globalizados como la
idea del “Reguetón” (el otro día fui a parar en el mismo salón con un joven de
30 años proveniente de Arabia Saudita amante de este tipo de ruido de origen
caribeño, difícil de pensar en un país tan cerrado como ese), para nosotros los
jóvenes del mundo que estamos hastiados de las tendencias globalizantes sólo nos
queda una salida: en vez de tratar de cambiar el mundo, deberíamos
reinventarnos a nosotros mismos. Practicas subjetivas de nuevas formas de
sexualidad, estética y metafísica.
Es por eso que promuevo el odio.
La repugnancia contra todo lo que es propagado por las industrias culturales,
como por ejemplo la autoayuda, la moda, incluso esa tendencia de trotar y usar
bicicleta por toda la ciudad, también debemos aborrecer el culto al cuerpo. Soy
partidario del concepto de Marguerite Duras cuando dice que la única manera en
que se puede tener una relación interpersonal completa no es mirándonos a los
ojos y olvidando el mundo a nuestro alrededor, sino que mientras nos tomamos de
la mano juntos miremos hacia fuera a un tercer
punto y entendamos que no hay una verdad interna, ni un “yo” que espera ser
descubierto.
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