En Paris hay un puente donde los
pendejos cumplen el cliché de poner un candando en el Pont des Arts y después
botar la llave a La Seine como
símbolo de su amor eterno. Pero lo que la mayoría no sabe es que esos candados
son retirados cada semana y fundidos por la alcaldía de Paris. Lo que implica
que su símbolo de amor eterno no dura más que unos días. Lo mejor de vivir en
esta ciudad con alguien son las discusiones y lo mejor de una discusión es
dejar caer sobre el otro el argumento más certero, que es por supuesto el peso
de la mirada que se da al sonreír con desprecio. Siguiendo con los clichés, no
hay uno más grande que el de escribir sobre una ciudad en tono melancólico.
Porque Paris puede ser todo lo que Zola o Rimbaud dijeron sobre ella, pero
Paris es sobre todas las cosas como una mujer en una tarde indecisa. Yo
prefiero bordar la muchedumbre de turistas que envuelven la ciudad con un aroma
lírico y dulce, dado que “Être parisien,
ce n’est pas être né à Paris, c’est y renaître” Sacha Guitry.
Sólo en esta ciudad, en el D del
40 Rue Jacob hay una mujer que me deja absorberme en una dulce esperanza, en
una dulce gratitud. Hay hombres que se han tirado al agua por menos que eso. Si
el atardecer en Estambul me recordaba en gran incendio, aquí el color del
crepúsculo lo contemplo sin vergüenza alguna, con una mirada impasible y atroz.
Mientras tomo un poco de Bergerac en la Square du Vert-Galant, tomo la copa de
vidrio en mi mano derecha, siento miedo de mi mano derecha, la vigilo. Son las
20:23 y aún no ha atardecido, recuerdo el atardecer en San Petersburgo a las
23:15. Estos cambios de luminosidad afectan mi metabolismo tropical. El vino
que seca mi garganta me recuerda todo el desprecio, que no siento, pero que
otros quisieran hacer caer sobre mi. Lo extravagante de este desprecio es que
para engéndralo es preciso que hayan dejado completamente de amarme.
Aún no sé como quitarme el deseo
de gloria que yace en los ojos de los demás.
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