“El mundo no puede vivir al nivel de sus grandes hombres”
Decir que convertiré a todas las
mujeres de mi vida en literatura es sólo el principio, porque al final una
mujer no puede ser más que locura. Es por esto que me escondo de ti, que
permanezco anónimo, porque es una bifurcación de dos realidades. La locura, al
igual que el amor se manifiesta en la ausencia, en el silencio, en la
distancia.
–Me he sentado en la sombra de
nuestra memoria, porque es la única que se encarga de cumplir las promesas que
jamás llegaste a consumar, como aquella en la cual te encargarías de que no
hubiese eso que llaman agonía.– Dijo ella bajo la sombra de una Palma Ibérica
en la Plaça Universita, en aquella ciudad de Art Nouveau, Barcelona. Era una
tarde de verano, 34° a la sombra, mientras la ciudad se retorcía entre sus dos
millones de población flotante y sus dos millones de habitantes fijos. Él podía
ver como el sudor brotaba de la punta de su nariz, mientras se imaginaba a si
mismo con la cara cubierta por pequeñas gotas de transpiración. Él se
preguntaba el porque de su amabilidad con ella, debió sentir que le debía algo,
algo que nunca fue capaz de darle. Pero prefería compartir la vida con su
familia, un trago con sus amigos, y después mudarse de vuelta a su vida y al
olvido que se impuso.
–Hay cosas que aún me recuerdan a
ti, como lo infinito de un cigarrillo o el abismo de una copa de vino.– Indico él con la angustia que le
producía mirarla a los ojos. –Es un desquite que produce el placer de esos
momentos, que no soy capaz de negarme, porque a pesar de que vives en lo
infinito y en el abismo, olvidarlos sería un acto tramoyista. Seguramente
transcurrirán más que estos diez años que han transcurrido sin saber uno del otro,
para que un momento así vuelva a tener lugar, por eso aprovecho para decirte
que la vida nos juntó a los dos, aunque como siempre nos fue llenando de
huecos. Quizá te llamaré para mi último y definitivo entierro, quizá nos
encontremos en mi velorio.–
–Tu siempre con tus infortunios y
tus fatalidades, son arduos e incalculables, son más que la arena si me dejaras
contarlos. Pero, yo sí te puedo decir que el vacío de tú alma llenó la mía. Sé
que crees en la perennidad, por lo tanto todo lo que hagas en vida es
insignificante.– Era un simple estar ahí, que era tanto, tan corto y tan
solemne. Era una última e inútil protesta contra lo que aún les faltaba por
vivir, porque la luz de la ventana llega antes que nadie. Eso era estar ahí,
frente al otro, eres los segundos congelados de las anomalías de las sombras de
sus recuerdos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario