Allí se encontraba ella, a solas,
sintiéndose completamente vacía en esa cama, en esa habitación. Esa era su vida
desde que aquel la dejó completamente desahuciada, porque lo que se fue no era
un amigo, o un amante, era un ser que lo era todo, la representación de la nada
de la humanidad. Desde aquel diciembre los días empezaban en otra dirección.
Adriana sollozaba agarrada a la almohada, sin opción de que alguien viniera a
rescatarla, después de unos días agotó el llanto hasta el final. Y así los días
recomenzaron con el café, sin cigarrillos, con llamadas de algunos que no
interesaban, con traiciones y con sonrisas vanas. Prefería pasar las jornadas
debajo de las sabanas que lograban retenerlo del olvido.
Los sueños le traen noticias de
él, una carga de promesas, caricias que no permiten que se limpie la conciencia
y traiciones que no le dan la absolución que la naturaleza y la soledad le han
dado hasta el hastío. Ella lo quiso, por encima del deber, el goce y los demonios.
Nunca fuma, pero ese medio día era diferente, estiraba el brazo y buscaba los cigarrillos
sobre el cojín amarillo de su lecho, cerró los ojos e imagino un beso en la mejilla.
Sintió que debía esperar un poco más, antes de arrancarse de ese sueño que le permitía
verlo, donde dejaba de sentirse sola, donde unos brazos la aprietan mientras
duerme.
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