Tú te asemejas al firmamento, a lo que fue y
lo que será, eres como el acto de contemplar Antares, una estrella millones de
veces más grande que el sol, tan grande que mi imaginación no puede
dimensionarla. Eres esa voz muda que me inunda de recuerdos lejanos la
profundidad de tus misterios. Aún veo tus fotos colgadas en el diván de algún
hueco de mi memoria, cada una es una proyección de tu personalidad, por eso
posas, para ser durante un instante, (llego a creer que escribir tiene la misma
connotación, mientras escribo realizo un acto de dominio sobre mi cuerpo e
impero un estilo sobre el papel, al igual que una pose, los ismos funcionas como
un disfraz, tan sólo espero no pertenecer a ellos). Son tus reminiscencias,
parte de un viaje que compartimos en una ventana, una ventana que no volverá a
tener nuestros reflejos. El problema radica cuando mi imaginación plagia a mi
memoria, y aparecen realidades pueriles, torpes, estríeles, poco seductoras y
repetitivas.
No imaginarte es el resultado de la estupidez,
y hacerlo resulta en el anhelo. Tú no llevas cerca mis cosas, mis dibujos, mis
armonías, mis nociones, mis explicaciones o mis odas, pero hay tres cosas que
jamás apartas de ti, mi malestar, mi placer y mis mirada. Si pudiera revivir en
ti todo lo que te procuré la vida sería imbebible. Deberías agradecer la
imperfección de la memoria, sólo recordamos lo que nos reconstruye. Al final
sólo puedo creer que mis recuerdos yacen perdidos en algún lugar arcaico, donde
se sobreponen, se funden, y crean un mosaico que llamo “reminiscencia”, en el
busco bellos recuerdos, los tomo en mi mano, los acumulo, los retengo, se
desbordan como el agua entre los dedos, pero en el instante en que sostengo
tantos como puedo, es ahí donde soy feliz.
“Nos
miramos fijamente, como dos recónditos, la tensión creció y accedimos a las
demandas del otro.” Así describiste, el momento más inadecuado y mejor guardado
de nuestras vidas. Sé que tus despedidas guardan una salva.
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