“El lenguaje es sentido con sonido” fue una de las afirmaciones de
Noam Chomsky en su conferencia central dentro del marco del 19e Congrès international des linguistes, en
Ginebra, ciudad donde nació Ferdinand de Saussure, fundador de la lingüística
moderna, cuya muerte ocurrió hace ya un siglo, 1913. De todas las cosas que dijo Chomsky, de las que entendí y de las que no entendí, sólo me quedó una pregunta
¿Es el lenguaje una prolongación de una capacidad humana, es técnica o
tecnología?
Supongo que ésta o cualquier
discusión de esta o cualquier otra índole son las que mantienen barnizada
nuestra existencia frente a la infinita irrealidad. Porque muy pocos de
nosotros seremos alguna vez dignos de cualquier cosa, somos la dualidad del
amor y el odio por el devenir, somos al igual que el tiempo y la eternidad la
sucesiva liberación y contracción de pecados. Frente a la carne de los otros
soy un insaciable buscador de los fundamentos del mundo, pero frente a mi carne
soy la merluza efímera.
Todos estos intelectuales de
finales del siglo XX y principios del presente, Foucault, Chomsky, Derrida, Zizek,
no son más que pendejos que encontraron un refugio en la razón, soy más afín
con los que encontraron su refugio en la enajenación. Nuestras ideas, nuestras
convicciones no son más que los signos de nuestra descomposición, ánimas en el
funeral de nuestra propia muerte. Llevo una eternidad idolatrando el eurocentrismo,
y aún digo: “Cielo de París, bajo tu azul quisiera morir”.
Me fascina el anonimato, nadie
llama a mi puerta, nadie llama a mi celular, a nadie la importa donde cago o
donde como. Como si fuese el sobreviviente de una pandemia, y todos aquellos
que reconocían alguna vez mi nombre se hubiesen esfumando. Por eso transito las
calles de mi desolada ciudad con una mefítica elegancia. Y es así que
desciendes por la Vieille Ville, y te preguntas sin ninguna mesura: ¿Cuál de
mis semejantes habría sido digno de mi? ¿Me ahogaré en el Rhone o en mi “delicadeza”?
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