Hay días en que sencillamente no
quieres escribir, pero existe un compromiso con tus dedos, y segundo, con los
inoperantes que se toman el disgusto de leer esto. Porque en esta vida todo es
vano, sin contar la vanidad. Vivo en un país cuya tasa de suicidios es la
segunda más alta del mundo, después de Japón, y es aquí donde entiendo que sólo
los suicidas no mienten, porque un hombre que se acaba de tirar a los rieles de
un tren no tienen ya nada que ocultar. Lo cual me recuerda a mi país, donde
nuestra depravación nos incita a desnucarnos para aprender.
El problema principal de la
conciencia es lo transparente que es con el usuario. Maldito Dios creador, el
verdadero pecado original fue el habernos dado tal utensilio de tan mal gusto.
Ella me dijo alguna vez: “la vida es un subterfugio de la locura”, sus palabras
cobran vida cada instante en que encuentro la misteriosa necesidad por la
desgracia. Es que la vida no es más que el fruto de la ignorancia. Aquella
mujer me recuerda con sus ojos la distancia infinita que se halla entre el alma
y los sentidos, con sus manos la condena que recae en nosotros gracias a las
glotonerías, su ceno izquierdo dice “anda” y el derecho “nada”. Su vagina me
recuerda que ni siquiera una losa sepulcral aplastará sus éxtasis, sus rodillas
la escalera por la cual bajan ángeles malditos, y su vientre la comunión que
realizamos como esclavos de la muerte antes de nacer.
PD: que horribles los vocablos
que te definen “mejor amiga”. Mi mitad es la agonía de tu recuerdo y la otra,
la esperanza de un encuentro. Sabes bien que tu orgasmo a un retumba entre mis
cuerpo y la cama en la que hoy duermo.
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