lunes, julio 22, 2013

Subterfugio de la locura

Hay días en que sencillamente no quieres escribir, pero existe un compromiso con tus dedos, y segundo, con los inoperantes que se toman el disgusto de leer esto. Porque en esta vida todo es vano, sin contar la vanidad. Vivo en un país cuya tasa de suicidios es la segunda más alta del mundo, después de Japón, y es aquí donde entiendo que sólo los suicidas no mienten, porque un hombre que se acaba de tirar a los rieles de un tren no tienen ya nada que ocultar. Lo cual me recuerda a mi país, donde nuestra depravación nos incita a desnucarnos para aprender.

El problema principal de la conciencia es lo transparente que es con el usuario. Maldito Dios creador, el verdadero pecado original fue el habernos dado tal utensilio de tan mal gusto. Ella me dijo alguna vez: “la vida es un subterfugio de la locura”, sus palabras cobran vida cada instante en que encuentro la misteriosa necesidad por la desgracia. Es que la vida no es más que el fruto de la ignorancia. Aquella mujer me recuerda con sus ojos la distancia infinita que se halla entre el alma y los sentidos, con sus manos la condena que recae en nosotros gracias a las glotonerías, su ceno izquierdo dice “anda” y el derecho “nada”. Su vagina me recuerda que ni siquiera una losa sepulcral aplastará sus éxtasis, sus rodillas la escalera por la cual bajan ángeles malditos, y su vientre la comunión que realizamos como esclavos de la muerte antes de nacer.

PD: que horribles los vocablos que te definen “mejor amiga”. Mi mitad es la agonía de tu recuerdo y la otra, la esperanza de un encuentro. Sabes bien que tu orgasmo a un retumba entre mis cuerpo y la cama en la que hoy duermo.

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