miércoles, julio 10, 2013

La farce est jouée

Ella se encontraba tumbada en medio de una vitrina del siglo XIX, con sus ojos fijos sobre un punto inasequible, me miraba y miraba todo a la vez. Sin ofrecernos un solo pestañeo, esa quietud de los parpados es lo que desequilibra a cualquiera. Fue entonces que le pregunte sí esa mirada pretendía transmitir todo lo sublime, la magnificencia y lo sobrecogedor de la naturaleza humana. Los limites de ese cuerpo eran lo que le permitía expandirse eternamente, la vitrina no era más que una imagen borrosa como en un espejo, no nos permitía el encuentro cara a cara, era el claro ejemplo de la virtualidad.

Fue en ese momento que me comprendí aislado de ella, y como, quizá nunca escucharía mis demandas. –Tu excesiva reflexión es lo que aumenta tu libertad, pero tus ganas de permanecer inmóvil es lo que te impide la creación de nuevos “Tú” –. Le grité a través del cristal y no escuche respuesta alguna, la miré llena de rigidez, vestida de azul, con su camisita y su canesú, al ver que no se inmutaba, me retiré y volví sobre mis pasos, camino a casa. Su recuerdo me dejó entender que la humanidad no es tan miserable ni tan feliz como cree.
Mientras perdía y recuperaba el equilibrio una y otra vez (o sea, mientras caminaba), sentía como ella podría remplazar a cualquier mujer de mis recuerdos, dado que el tiempo no se puede almacenar, que los espejos albergan el abismo de nuestra existencia, y un autorretrato no es más que un fragmento eterno de ese abismo, sentía que podía remplazar el rostro de una mujer al interactuar con ella, incluso mientras follásemos, era sólo cuestión de cerrar los ojos. Por eso, es que caminamos con tan pocos deseos, porque el abismo también mira dentro de nosotros, porque la vida en sociedad y la civilización no son más que sistemas de almacenamiento de memoria, porque ella es la verdad sin secretos.

Después de diez minutos de ir andando, tuve la extraña sensación de tener que liberarla de esa estantería, regresé corriendo, rompí a pedradas el cristal, atravesé lo que quedaba de vidrio, le quité los cascajos de encima y la abrasé. Sabía bien que era una muñeca, artificial, pero cualquier saber en su conjunto es un saber falso, sea bien que se engañe por intereses económicos, por la represión del inconsciente o por la animadversión del débil. Al final los placeres están en los sentidos, y la virtud más grande está en el amor propio, el alma es quimérica, porque cuando llega la parca “la farsa se acaba”. Por eso ejecuté ese monologo, junto a esa falsa mujer, que al cerrar los ojos es como cualquier mujer, y me dijo  –Yo no quisiera convertirme en un humano –. El eco de aquella mujer siempre retumbará en las ruinas de mi vida. 

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