Ella se encontraba tumbada en
medio de una vitrina del siglo XIX, con sus ojos fijos sobre un punto
inasequible, me miraba y miraba todo a la vez. Sin ofrecernos un solo pestañeo,
esa quietud de los parpados es lo que desequilibra a cualquiera. Fue entonces
que le pregunte sí esa mirada pretendía transmitir todo lo sublime, la
magnificencia y lo sobrecogedor de la naturaleza humana. Los limites de ese
cuerpo eran lo que le permitía expandirse eternamente, la vitrina no era más
que una imagen borrosa como en un espejo, no nos permitía el encuentro cara a
cara, era el claro ejemplo de la virtualidad.
Fue en ese momento que me
comprendí aislado de ella, y como, quizá nunca escucharía mis demandas. –Tu excesiva
reflexión es lo que aumenta tu libertad, pero tus ganas de permanecer inmóvil
es lo que te impide la creación de nuevos “Tú” –. Le grité a través del cristal
y no escuche respuesta alguna, la miré llena de rigidez, vestida de azul, con
su camisita y su canesú, al ver que no se inmutaba, me retiré y volví sobre mis
pasos, camino a casa. Su recuerdo me dejó entender que la humanidad no es tan
miserable ni tan feliz como cree.
Mientras perdía y recuperaba el
equilibrio una y otra vez (o sea, mientras caminaba), sentía como ella podría
remplazar a cualquier mujer de mis recuerdos, dado que el tiempo no se puede
almacenar, que los espejos albergan el abismo de nuestra existencia, y un
autorretrato no es más que un fragmento eterno de ese abismo, sentía que podía
remplazar el rostro de una mujer al interactuar con ella, incluso mientras
follásemos, era sólo cuestión de cerrar los ojos. Por eso, es que caminamos con
tan pocos deseos, porque el abismo también mira dentro de nosotros, porque la
vida en sociedad y la civilización no son más que sistemas de almacenamiento de
memoria, porque ella es la verdad sin secretos.
Después de diez minutos de ir andando,
tuve la extraña sensación de tener que liberarla de esa estantería, regresé
corriendo, rompí a pedradas el cristal, atravesé lo que quedaba de vidrio, le
quité los cascajos de encima y la abrasé. Sabía bien que era una muñeca,
artificial, pero cualquier saber en su conjunto es un saber falso, sea bien que
se engañe por intereses económicos, por la represión del inconsciente o por la animadversión del débil. Al final los placeres están en los sentidos, y la
virtud más grande está en el amor propio, el alma es quimérica, porque cuando
llega la parca “la farsa se acaba”. Por eso ejecuté ese monologo, junto a esa
falsa mujer, que al cerrar los ojos es como cualquier mujer, y me dijo –Yo no quisiera convertirme en un humano
–. El eco de aquella mujer siempre retumbará en las ruinas de mi vida.
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