16/08/2012
“La juventud
tiene que pasar así.
Pero en cierto
modo ser joven es como ser un animal.”
Anthony
Burgess
–Por los amigos de siempre y las perras del momento– gritó a
manera de brindis Santiago Osorio, mientras encendía el enésimo cigarrillo en
una noche ya perdida de diciembre del 2011. Mientras levantaba una copa de ron
Barceló Imperial en la Plaza de la Hispandad en todo el corazón de Santo
Domingo. En la mesa estábamos Jonathan Nicolás Quijano Peralta, él y yo. “El
Jonny”, como le decimos la mayoría de sus amigos, es un sujeto apuesto, de
facciones suaves y de una sonrisa amena para todo aquel que lo salude, por el
otro lado Santiago es un hombre de 1.90mt de estatura, piel mestiza, acuerpado
y portador de un carisma y una sinceridad entrañables.
Después de varias anécdotas y recuerdos nos
levantamos y nos retiramos del bar Pat’e Palo, que es la primera taberna del
nuevo mundo, para caminar por la zona colonial de Santo Domingo,
específicamente por la calle Restauración,
y llegar finalmente al Parque Colón, donde se encuentra el Hard Rock Café y
la Catedral Primada de America. La zona colonial de la primera ciudad de
América es bastante decepcionante, las fachadas están a medio caer, el comercio
es casi nulo y el área total destinada al turismo es pequeña en comparación con
otros centros urbanos de la época, el de Cartagena de Indias o el de la Habana
son más grandes y mejor conservados.
Nos sentamos en el restaurante
Rinconcito de Don Guillermo, en la intersección de las calles Hostos y Emiliano Tejera, pedimos un poco de mangú (puré de plátano verde hervido), tostones (patacones) y unos tragos de mamajuana (bebida alcohólica típica del país, a la que se le
atribuyen poderes afrodisíacos). Después de hacer los pedidos Jonathan nos recuerda
varias de las innumerables peleas de Santiago, como aquella donde se enfrentó a
un hombre el doble de grande que él, pero eso no lo intimidó, o aquella ocasión
que fue arrestado por cargos de alteración del orden público, en Bucaramanga
por dejar a un hombre inconsciente después de que éste se tropezará con él.
El único elemento constante de todas
estas anécdotas no son las mujeres, ni los amigos, ni la defensa propia, ni el
honor, lo único que atraviesa todas estas historias es el alcohol. Santiago
encuentra el demonio y lo mira a los ojos después de una gran cantidad de
tragos, porque eso sí, alcoholizar un cuerpo de 90 kilos no es fácil. A primera
vista Santiago es un violento sin causas ni fundamentos, pero como dice Paola,
su novia de toda la vida: –Santiago
sobrio es un humano tradicional, obediente, manso y hasta funcional, pero el
alcohol lo desvía de convencionalismos y de las normas de conducta
políticamente correctas.–
Santiago no se enfrenta al ser humano
que tiene enfrente, más bien golpea lo que el considera la traición de sus
amigos, de sus padres, de su sociedad, de su historia. Como cualquiera de los
seres de su edad es producto de una sociedad enferma, la que le ha regalado una
configuración de violento, porque según Burgess los principales atributos
humanos son: amor a la agresión, amor al lenguaje y amor a la belleza. El amor a
la agresión de Santiago es una forma de romper estructuras, transgredir supuestos,
como también lo logra el lenguaje o las estéticas. En una sociedad en crisis
como esta es muy difícil juzgar al otro, y peor si pensamos en los jóvenes, porque vivimos divorciados de la
realidad, carecemos de una utopia, somos los hijos del despojo, las
aspiraciones al cambio o a un modelo de moral son nulas. Santiago es hijo de
esto y lo manifiesta con sus manos desnudas.
Santiago enciende un Montecristo No. 3,
de 14 centímetros de largo y empieza a llenar el lugar con ese olor suave y
ligero, típico de un corona de gran calibre y dice: –Ya dejemos de hablar de esto, mejor brindemos por ellas que son tan
bellas, no las mujeres, sino las botellas.–
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