viernes, noviembre 08, 2013

Mamajuana

16/08/2012
“La juventud tiene que pasar así.
Pero en cierto modo ser joven es como ser un animal.”
Anthony Burgess

Por los amigos de siempre y las perras del momento– gritó a manera de brindis Santiago Osorio, mientras encendía el enésimo cigarrillo en una noche ya perdida de diciembre del 2011. Mientras levantaba una copa de ron Barceló Imperial en la Plaza de la Hispandad en todo el corazón de Santo Domingo. En la mesa estábamos Jonathan Nicolás Quijano Peralta, él y yo. “El Jonny”, como le decimos la mayoría de sus amigos, es un sujeto apuesto, de facciones suaves y de una sonrisa amena para todo aquel que lo salude, por el otro lado Santiago es un hombre de 1.90mt de estatura, piel mestiza, acuerpado y portador de un carisma y una sinceridad entrañables.

Después de varias anécdotas y recuerdos nos levantamos y nos retiramos del bar Pat’e Palo, que es la primera taberna del nuevo mundo, para caminar por la zona colonial de Santo Domingo, específicamente por la calle Restauración, y llegar finalmente al Parque Colón, donde se encuentra el Hard Rock Café y la Catedral Primada de America. La zona colonial de la primera ciudad de América es bastante decepcionante, las fachadas están a medio caer, el comercio es casi nulo y el área total destinada al turismo es pequeña en comparación con otros centros urbanos de la época, el de Cartagena de Indias o el de la Habana son más grandes y mejor conservados.

Nos sentamos en el restaurante Rinconcito de Don Guillermo, en la intersección de las calles Hostos y Emiliano Tejera, pedimos un poco de mangú (puré de plátano verde hervido), tostones (patacones) y unos tragos de mamajuana (bebida alcohólica típica del país, a la que se le atribuyen poderes afrodisíacos). Después de hacer los pedidos Jonathan nos recuerda varias de las innumerables peleas de Santiago, como aquella donde se enfrentó a un hombre el doble de grande que él, pero eso no lo intimidó, o aquella ocasión que fue arrestado por cargos de alteración del orden público, en Bucaramanga por dejar a un hombre inconsciente después de que éste se tropezará con él.

El único elemento constante de todas estas anécdotas no son las mujeres, ni los amigos, ni la defensa propia, ni el honor, lo único que atraviesa todas estas historias es el alcohol. Santiago encuentra el demonio y lo mira a los ojos después de una gran cantidad de tragos, porque eso sí, alcoholizar un cuerpo de 90 kilos no es fácil. A primera vista Santiago es un violento sin causas ni fundamentos, pero como dice Paola, su novia de toda la vida: –Santiago sobrio es un humano tradicional, obediente, manso y hasta funcional, pero el alcohol lo desvía de convencionalismos y de las normas de conducta políticamente correctas.–

Santiago no se enfrenta al ser humano que tiene enfrente, más bien golpea lo que el considera la traición de sus amigos, de sus padres, de su sociedad, de su historia. Como cualquiera de los seres de su edad es producto de una sociedad enferma, la que le ha regalado una configuración de violento, porque según Burgess los principales atributos humanos son: amor a la agresión, amor al lenguaje y amor a la belleza. El amor a la agresión de Santiago es una forma de romper estructuras, transgredir supuestos, como también lo logra el lenguaje o las estéticas. En una sociedad en crisis como esta es muy difícil juzgar al otro, y peor si pensamos en los jóvenes, porque vivimos divorciados de la realidad, carecemos de una utopia, somos los hijos del despojo, las aspiraciones al cambio o a un modelo de moral son nulas. Santiago es hijo de esto y lo manifiesta con sus manos desnudas.


Santiago enciende un Montecristo No. 3, de 14 centímetros de largo y empieza a llenar el lugar con ese olor suave y ligero, típico de un corona de gran calibre y dice: –Ya dejemos de hablar de esto, mejor brindemos por ellas que son tan bellas, no las mujeres, sino las botellas.–


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