viernes, noviembre 01, 2013

Un Triste Carnaval


“No le sentí ese olor que es la firma de todos en Paris
pero que al parecer sólo olemos los extranjeros.”

No quiero que la próxima vez que vuelva a ver a mis amigos sea cuando reunidos ellos, alguno cierre mis ojos en mi funeral.


Aquí los días empiezan con el sol colado por la única y diminuta ventana de la habitación. Esa luz que entra a pesar de las persianas, un despertador que aturde la poca paz del despertar, y una maquina de café que se calienta. Una ducha larga y sin afanes, donde se contempla las puertas de vidrio empeñarse poco a poco. Una mañana de esas que te deja todo el tiempo del mundo para perderlo en ingenuidades tales como la cara de Juan cuando se toma un Cognac, no importa que día, si ayer, hoy o mañana, a través del tiempo esa expresión permanecerá, o recordar a Nicolás que es un tema diferente, él es el reflejo de las mujeres que mueren por él y que él niega constantemente en una dialéctica de violencia muy intima.

Sé que los humanos somos un cliché imposible, sé que no puedes subir por mis escaleras de la Grand Rue 6, o que yo no puedo subir por tus escaleras de la Carrera 30 con Calle 26. Lo único que queda es vos de ese lado y yo de este. Quizá la única forma que nos podamos volver a ver sea en un lugar neutral, un puerto, una estación de trenes, un aeropuerto. Al final pasó Paris, pasa Barcelona, pasará Estambul y la vida seguirá enclaustrándonos en lo que somos. Somos como la alquimia, como la piedra filosofal, somos insostenibles, tan inútiles como una mesa de tres patas. 


Yo escribo, vuelvo a acostarme y sigo viviendo como cualquiera. 

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