Era la conciencia de la luna, con la cual podía observar los techos y los corazones sobre París, como cada uno sufría a su manera gracias a la tormenta, como un ser solitario se recorre por todos los callejones del mundo, hasta llegar a la ciudad con forma de mujer pariendo, como un astro solitario que muere con la llegada del día, te he contemplado sobre el borde de la tierra, escucho tu grito mientras duermes, ¡no quiero despertar! porque un millón de soles no te bastan, no valen, y veo que me gusta tu amor mortal, pero al final sólo son gritos de un animal humano, es el cuasimodo del llanto, del desamparo, de la locura, en la víspera por fin de un mundo extraño, luna que eres tú, que enciendes mis manos y has visto como un hombre no para de sufrir por ti.
La angustia apareció en este mundo el día que llevabas tu blusa naranja, baila para mi, que tu cuerpo está al día, a la noche, al alba, al crepúsculo, eres como un halcón peregrino, cuando estas allá arriba siento como el cielo se abre como una boca, no queda más remedio que hacerlo bajo el vestido de gitana, ese pelo duro como esmeraldas, ¿quién te personifica?
Sí Dios fuera uno de nosotros, ¿fue acaso Él, el que puso el deseo carnal y no nos deja mirar al cielo? Una vida así es la cruz del género humano, tus ojos negros denotan virginidad y virilidad, extraña combinación para un efecto anti-arco-iris. Eres sal, y al lanzar la primera piedra no mereces estar sobre la tierra.
Te amo, y no sé que hacer con eso...
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