Había creído que no te marcharías jamás, cerraste la puerta
pero yo no sentí alivio, tenia un poco de miedo de quedarme solo con mi
conciencia. Me besaste con la boca indecisa, nunca podrás dejar de adularte. Te
cansarías de buscar antes de encontrar algo que me disguste de ti. Me
encontraba derrotado por un amor perdido, borracho, con la cabeza en la basura,
era el punto final sobre una calle, deseaba que esta noche fuese como antes,
cuando compartes conmigo bailo con los muertos y me acuesto con los vivos, a
pesar de mi embriaguez no pude encontrarte detrás de la luna. Qué puede ser más
tifoideo que estropear tú vida con tus propias manos, era nuestro secreto, no
tengo más vida que mi vida privada, sólo poseo lo que escondo.
Un lazo inmundo y blando como un cordón umbilical, esa mano que suda dentro de
la mía y me obligaba a apretarla más, fecundábamos el aire a nuestro alrededor. Me esperaste pasiva y gastada, así durante años, hasta el final, pero ese final
no fue más que un montón de miseria. Estaba poseído por un deseo enorme y
torpe: violar esa conciencia, eso no era sadismo, era algo vacilante y húmedo,
más carnal, era bondad. Te acuerdas de el primer beso, como a partir de ese momento
nos condenamos a la muerte, como temblaban nuestros pies sobre el alambre. Lo
que queda es sólo ese beso, el refugio del recuerdo, una epidemia de tristeza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario