“Deshaced ese verso,
quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma...
Aventad las palabras...
y si después queda algo todavía,
eso será la poesía.”
–León Felipe
–Nunca me vuelvas a perdonar. No puede ser que me quieras
quitar hasta mis remordimientos –dijo él.
–Te perdono porque no sé lo que quiero de ti –dijo ella.
–¡¿Entonces para qué me sirve tu perdón?! –gritó él –déjame
continuar buscando la mirada que me esquivas obstinadamente.
–No tienes ninguna razón para gritarme –dijo apartándole de
nuevo la mirada. Ella no deseaba ya nada, tan sólo quedarse en silencio un
largo rato junto a él, y que a la media noche se marchara sin hablar.
–Tú has tenido siempre ese aspecto tan sólido, que sólo
logra fastidiarme –dijo él.
–Pero ahora puedes constatar que no soy tan sólida –dijo
ella. Quizá él no entendía que sus
críticas reflejaban el conocimiento que poseía sobre la relación, sobre los
límites y alcances de su accionar.
–No puedo soportar más la consecuencia de un viejo acto. Esa
acción no nos define, es un acto que hoy siento extraño, desconocido, que no
comprendo pero que aún revoluciona nuestras vidas –dijo él. Tenía ganas de irse
pero sabía que no iba a ganar su libertad por abandonar a una mujer.
–Tranquilo, yo no creo que existan los actos irremediables –ella
le decía esto porque él estaba tan acostumbrado a la razón que no podía lidiar
con la nada.
–Tú cree lo que quieras, yo lo único que sé es que cuando el
día de hoy acabe se llevará consigo nuestra juventud –dijo él.
–¿Es acaso ese tu deseo? Porque es el animal el que desea
cosas, el humano desea deseos –dijo ella.
–El deseo tan sólo se desea a si mismo, por encima de
cualquier miedo, incluso al de morir –dijo él a pesar de que se sentía usado por
el lenguaje y las prácticas sociales que lo generan.
–El mundo es lo que el “yo” construye. Y en este momento
deseo un mundo sin ti. Por favor vete y si tu deseo lo desea vuelve mañana y
nos terminamos estas botellas –dijo ella.
–De acuerdo, lo acepto porque todos somos marionetas de algo que no va a ningún lado, de algo sin
sentido –dijo él, le besó la frente y se marchó en silencio. Se fue así sin
más porque entendía que la ideología de cualquier hombre o mujer, sin importar
que fuera la del ser amado, era una relación imaginaria que hacen los sujetos
con sus relaciones y condiciones sociales. Y como todas estas representaciones
suceden en la mente no tenía otra opción que irse en silencio.
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