lunes, abril 01, 2013

Crudeza


“Tranquila, tranquila, tranquilízate.” Se repetía una y otra vez mirándolo a los ojos, quizá demanda demasiado de él, pero como no hacerlo si siempre olvida las fechas importantes, y pareciera no entender que somos seres que dependemos de los ritos. Se llenó de suspiros y le pidió que no la interrumpiera hasta haber terminado:

-Sé que tienes miedo de ser un macho igual de imbécil a todos, sé que quieres que te diga que follas como nadie, que eres genial en la cama, que los gemidos no son más que sonidos que complacen tus oídos –él sabía que era el peor sobre un catre- pero tranquilo no necesito nada de eso para ser feliz, sólo espero que al cruzar esa puerta me llames en un día como éste, aunque ¿sabes algo? Sí necesito de todo eso, necesito que hagas gemir los maderos de mi cama, necesito de tu filosofía romántica, necesito de tu alienación, de lo absurdo de tus ojos, el aburrimiento de tu monotonía, la nadería de tu existir, la decadencia de tus besos, la tiranía de tu sexo, la vulgaridad de tu aliento, tu agónica delicadeza, todas estas razones son mi enfermedad-.

Él abrió la boca sin intención de hablar, sencillamente estaba abrumado y ella le insistió en que debía dejarla terminar –perdón, estoy hablando-. Continuo: no es lo que te impide volar, es lo que te impide saltar al vacío-… 

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