“Tranquila, tranquila,
tranquilízate.” Se repetía una y otra vez mirándolo a los ojos, quizá demanda
demasiado de él, pero como no hacerlo si siempre olvida las fechas importantes,
y pareciera no entender que somos seres que dependemos de los ritos. Se llenó
de suspiros y le pidió que no la interrumpiera hasta haber terminado:
-Sé que tienes miedo de
ser un macho igual de imbécil a todos, sé que quieres que te diga que follas
como nadie, que eres genial en la cama, que los gemidos no son más que sonidos
que complacen tus oídos –él sabía que era el peor sobre un catre- pero
tranquilo no necesito nada de eso para ser feliz, sólo espero que al cruzar esa
puerta me llames en un día como éste, aunque ¿sabes algo? Sí necesito de todo
eso, necesito que hagas gemir los maderos de mi cama, necesito de tu filosofía
romántica, necesito de tu alienación, de lo absurdo de tus ojos, el
aburrimiento de tu monotonía, la nadería de tu existir, la decadencia de tus
besos, la tiranía de tu sexo, la vulgaridad de tu aliento, tu agónica
delicadeza, todas estas razones son mi enfermedad-.
Él abrió la boca sin
intención de hablar, sencillamente estaba abrumado y ella le insistió en que
debía dejarla terminar –perdón, estoy hablando-. Continuo: no es lo que te
impide volar, es lo que te impide saltar al vacío-…
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