miércoles, abril 17, 2013

Caían

—Camina con quien eres —me dijo aquella tarde de domingo, mientras los manteles volaban, mientras el café se escurría de su mirada- sal a dar un paseo por las azoteas de tus deseos, y aterriza como el viento entre mis faldas-.

Si tan sólo no hubiese dicho nada más, y aquel momento hubiese sido el fin del compás de la conmoción de su pelo, la decadencia de la magia en mis palabras, quizá mi recuerdo no sería un papel arrastrado por el viento. —No me pidas que continúe así, esta brisa va hacia el sur, y a pesar de mis despistes nunca pierdo una oportunidad para admirar tus pequeñas...-

Ella se detuvo precisamente a extasiarse con el gesto perdido de aquel ser que tanto había extrañado, pero fue en ese momento, en ese preciso instante que creyó poder escuchar la cabeza de él.

—Ella es la prueba fehaciente de que he sobrevivido a mi mismo, de que las almas en conflicto tenemos algo en común –pensaba mientras mi mirada encontraba un punto de fuga, mientras ella clavaba su mirada en mi cabeza, como quien trata de entender la soledad. Permanecieron pensamientos que quizá nunca le confesaría—Hoy tengo nada que contarle, a pesar de no haberla visto hace más de un año, abortamos nuestro amor en el momento en que quisimos prologar la primera vez. Quizá si interrogáramos las ramificaciones de nuestros actos, pero ya hoy ¿Para qué? He vivido todo este tiempo manoseando el tema, sintiendo que entre los dos hay un terrible telón invisible, que la mal lograda alegría, era eso, algo ocioso e indefinido. Quizá otro error fue el haber pensado que a través de tu amor no me perdería jamás, pero no hay lugar más indescifrable que tu cuerpo y tu carácter, son ellos los que posponen mi existencia, los que me ilusionan con un amanecer, pero aun así duermo para cambiar mi vida. Quizá lo que hizo falta fue  empolvarnos la vida, ver las manecillas del reloj aniquila cualquier abstracción.

Ella trataba de leer la kinesica de mi rostro, de aquel cúmulo de carne que se posaba frente a ella y caiamos juntos en mutismos desaforados. Se percató de como el cuncho del café se retorcía en la tasa, fue entonces que crucé mi mirada con la de ella y el tiempo volvió a desaparecer.

De nuevo en mi cabeza: —mi reclamación es tan grande que jamás asediaré su corazón, pero aun siendo así mi alma jamás perdonará su abandono, y de ningún modo despojará la sensualidad del mundo. Al no tener piedad nos sustraemos de la búsqueda de lo infinito. Siento como mi cuerpo se inclina hacia ella, ¡Como quisiera que se escurriera poco a poco sobre mi! Sólo es el desorden mental al que me he acostumbrado, a su constante contraataque, quisiera pedirle perdón si se hace ilusiones sobre mi, ella nunca ha logrado cambiarme, y mis prejuicios son como los de toda la humanidad, por lo tanto igual a los de ella. ¿Y si al final la felicidad sólo se encuentra en un lugar alejado del amor? La felicidad tiene que ser otra cosa ¿Acaso algo más lóbrego que el placer y la paz?-

No pude más con la arrogancia de ese momento, sentí alivio al levantarme de esa mesa sin razón aparente, despedirme y darle la espalda una vez más. Mientras ella intentaba captar mis motivos. Pensaba que a pesar de estar tan enamorada se sintió muy sola frente a la eternidad de ese cuerpo, y mientras veía a ese hombre irse, apreció un acantilado que se expandía entre los dos. Yo no era más que la abnegación de sus días.

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