“Yo no quiero que se vaya”, pensó
con angustia. Una tarde de noviembre dentro de la habitación de él.
—Aquello que ellos llaman
dignidad humana ya le he perdido. Pero fue algo consentido. Fue algo que me
robaste –dijo
él mientras la miraba a los ojos y pensaba en lo formidablemente reventado que
se sentía–.
Contigo siempre me había sentido seguro, no debía temer a lo imprevisto,
pero mira hasta donde has llegado.
—Siempre he tenido la impresión
de que tienes hecha tu vida y firmes tus ideas sobre todo, hasta de mi, de lo
que he sentido por ti. –respondió ella– deberías espantarte de tu propia audacia.
Era menester vivir ese momento
sencillamente, más allá de esta conversación sólo había una tarde que se
retorcía como un gusano. Tenían las manos en el sol que entraba en la
habitación, las rodillas contra el piso, listos para abandonar ese momento con
cualquier sensación ecepto la del fracaso. Sudaban sus mentones, había paz,
tomaban del otro lo que encontraban, eran más ágiles que un pestañeo, pero no
lo suficiente como para poder pensar antes de la partida, antes del adiós.
—Tu siempre eres así, haces
reproches disimulados y luego te niegas a explicarlos, eres demasiado cómodo. –reclamó
ella y sabía bien que no sólo él estaba sufriendo–.
—Eres otra, y yo aún amo a esa que sé
que quizá habite en ti. Uno se convierte en otro al hacer lo contrario a
lo que uno quiere. –explico él sin intenciones de ser entendido–. Lo que te gusta de mi
son mi cabeza y mis hombros, porque eres idealista. Te gusta este cuarto porque
es capaz de revelarme. Te gusta que sea un hombre con los sentidos bastantes
finos como para distinguir tu perfume.
—He creído a lo largo de los años
que tu no quieres arriesgar nada, que eres demasiado inteligente para eso. –respondió
con voz suave cerca de su cara y se dijo: “peor para mi, él no tiene la
culpa de que ya no lo ame”–.
Se levantó y lo dejo inmóvil sobre el
piso, se acerco a la venta y pensó que lo que trata de decir, lo que
realmente trata de expresar, es que ese cuerpo se robó un pedazo de su
existencia y ella ahora lo quiere de vuelta. Pero para lograr algo así debe
enfrentarse a todo lo que le gusta de él, como el carnaval de su sonrisa, el
tino de su piel, a lo que su nariz reacciona en su presencia, los besos en las
mejillas.
Se apartó de la ventana, volteo y
le dijo: —Detesto
que se me creen deberes para con las cosas que amo, pero por más que me
esfuerce no hay más que tú. –se miró a través de sus ojos y siento
horror de lo que veía, se concibió desnuda hasta la cintura–.
—El infierno tiene que ser como
tu mirada, algo que lo penetre todo, hasta el fondo de sí. Siento demasiada
vergüenza para hablarte. –se calló de repente y consideró que al final esto no era más
que pensamientos superficiales, cheques sin fondo–.
Notó que mientras él tomaba su mano,
ésta no dejaba de temblar. —Sabes bien que en mi eso mató el amor.
—Siempre he tratado de manejar el margen
de error más pequeño, nunca supe que te amaría así. –dejo de hablar, porque no
quería exponerse más, porque sólo se siente completo a su lado, porque el
pasado revive en ella, porque cada paso en solitario es un “nosotros” para él.
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