De ti he de guardar solo un recuerdo, uno de hace años, no han de ser más, igual muchos no son suficientes, solo sé de él que ocurrió en una media noche en mayo, era de luna ausente como nuestros cuerpos, por los cuales buscábamos un sendero hacia el firmamento. Ver mi cuerpo caer sobre un velo plateado por la luz, un velo en plena quietud, es entender como los rostros pueden ser guardados en bóvedas de rosas, donde tus manos se mueven en puntas de pie.
Pero a cambio te puedo expresar que ayer, ayer las almas se perturbaron en un morir extático, donde la luz era un enemigo que hay que vigilar de cerca, tu que sonreías y morías, era solamente la poesía de tu presencia. Es tu cuerpo, reclinado, acostado, tirando que se derrama sobre el firmamento, sobre las rozas y sobre el velo, minutos más tarde eras una roza dormida.
La noche del viernes no se oía pisada alguna, mientras yo gritaba a su cara, era un mundo entero que me odiaba dormido, yo me detuve, ellos continuaron, de repente todo desapareció de mi vista. Esa perra de la luna se fue, el perfume de las rosas y tu boca expiró.
Por un momento todo murió, salvo tú, y tus ojos mirando al cielo, son ellos llenos de escritos, llenos de un sereno mar vacío, de osadía. Pero tu, un cuerpo capaz de engendrar amor, insondable, profundo, tempestuoso, ahora el regresar a mi hogar es un abandono, soy esclavo de tus ojos. De unos ojos cuyo brillo no permean el sol.
Que bonita noche.
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