viernes, marzo 14, 2014

Play dumb

Aún no sé si es el principio o las anomalías las que te traen cerca de mi recuerdo. Al final entre los dos no hay mas que el anonimato. Como te lo dije la última vez que te dignaste a reaparecer por mi memoria:“La locura, al igual que el amor se manifiesta en la ausencia, en el silencio, en la distancia.” Pero hoy no te hablo ni de lo primero, ni de lo segundo. Hoy sólo hablamos de las anomalías. Aquellas rarezas que me departes como el olvido que te has impuesto.


–Hace un poco más de un año te dije que los recuerdos que aún conservaba de ti eran los forzados, los presidiarios, los reos de un sentimiento que se empezaba a avinagrar, ahora su proceso de fermentación se ha visto interrumpido –dijo él, mientras se sentaba nuevamente en aquel sofá de ella, le hubiese gustado que no se hubiese mudado para conservar toda la vieja sensación que le transmitía aquel mueble – ¿Cómo has estado? También aprovecho para pedirte perdón por haberme aparecido en tu casa de manera sorpresiva, pero sé que me disculparas por el ruido que pueda causar, mis ocurrencias y mi extraña y desgastada presencia.

–Más de lo mismo. Sabes que me compadezco de los pordioseros y de los animales. No he sido capaz de hacer público mi amor por aquella mujer, creo que a lo que le tengo más temor de salir a la luz no es el qué dirán. Creo que el miedo está en el qué diré. Porque a partir de ese momento, no habrá vuelta atrás cada vez que quiera construir mi “yo” –dijo ella, mientras lo observaba desde el lado contrario de la sala, sentado en aquel sofá donde tantos besos se dieron, tantas películas vieron y un poco menos hicieron el amor – pero el resto de cosas van bien, al final he terminado por acostumbrarme al desorden mental que me enseñaste hace ya mucho tiempo. Pensé que al dejarte se lavaría con el agua de los días porque el dolor sí se ha ido con la lluvia.

–Hace un tiempo me hubiese gustado que te arrodillaras junto a mi para contemplar mi esperanza destruida. Hoy lo único que entiendo de lo que sucedió es que jamás hubo un roto en mi corazón, ni en ningún lugar de mi. Espero tengas una larga vida, que aquel ser humano que te acompaña por estos días sea la esperanza en tu oscuridad porque aún nos quedan muchos años de sombras –dijo él esperando causar en ella un efecto simplón.

–Al final lo único que nos queda para soportar aquella insoportable levedad es hacer lo que consideramos correcto. Y con respecto a lo nuestro no tengo ni un solo remordimiento y sabes bien que aguantaré tanto como quieras este argumento –dijo ella – por ahora lo que preciso de ti es que sientas que estar aquí y decirme todo eso es lo correcto, de lo contrario sólo sal de mi casa lentamente y sin más. Porque a diferencia tuya yo me mantengo lo más lejos posible del reconocimiento y no busco la comprensión donde la farsa ha sido persistente.

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