Aún no sé si es el principio o las
anomalías las que te traen cerca de mi recuerdo. Al final entre los dos no hay
mas que el anonimato. Como te lo dije la última vez que te dignaste a
reaparecer por mi memoria:“La locura, al
igual que el amor se manifiesta en la ausencia, en el silencio, en la
distancia.” Pero hoy no te hablo ni de lo primero, ni de lo segundo. Hoy
sólo hablamos de las anomalías. Aquellas rarezas que me departes como el olvido
que te has impuesto.
–Hace un poco más de un año te dije que los
recuerdos que aún conservaba de ti eran los forzados, los presidiarios, los
reos de un sentimiento que se empezaba a avinagrar, ahora su proceso de
fermentación se ha visto interrumpido –dijo él, mientras se sentaba nuevamente
en aquel sofá de ella, le hubiese gustado que no se hubiese mudado para
conservar toda la vieja sensación que le transmitía aquel mueble – ¿Cómo has
estado? También aprovecho para pedirte perdón por haberme aparecido en tu casa
de manera sorpresiva, pero sé que me disculparas por el ruido que pueda causar,
mis ocurrencias y mi extraña y desgastada presencia.
–Más de lo mismo. Sabes que me compadezco
de los pordioseros y de los animales. No he sido capaz de hacer público mi amor
por aquella mujer, creo que a lo que le tengo más temor de salir a la luz no es
el qué dirán. Creo que el miedo está en el qué diré. Porque a partir de ese
momento, no habrá vuelta atrás cada vez que quiera construir mi “yo” –dijo ella, mientras lo observaba
desde el lado contrario de la sala, sentado en aquel sofá donde tantos besos se
dieron, tantas películas vieron y un poco menos hicieron el amor – pero el
resto de cosas van bien, al final he terminado por acostumbrarme al desorden
mental que me enseñaste hace ya mucho tiempo. Pensé que al dejarte se lavaría
con el agua de los días porque el dolor sí se ha ido con la lluvia.
–Hace un tiempo me hubiese gustado que te arrodillaras junto a mi para
contemplar mi esperanza destruida. Hoy lo único que entiendo de lo que sucedió
es que jamás hubo un roto en mi corazón, ni en ningún lugar de mi. Espero
tengas una larga vida, que aquel ser humano que te acompaña por estos días sea
la esperanza en tu oscuridad porque aún nos quedan muchos años de sombras –dijo
él esperando causar en ella un efecto simplón.
–Al final lo único que nos queda para
soportar aquella insoportable levedad es hacer lo que consideramos correcto. Y
con respecto a lo nuestro no tengo ni un solo remordimiento y sabes bien que
aguantaré tanto como quieras este argumento –dijo ella – por ahora lo que
preciso de ti es que sientas que estar aquí y decirme todo eso es lo correcto,
de lo contrario sólo sal de mi casa lentamente y sin más. Porque a diferencia
tuya yo me mantengo lo más lejos posible del reconocimiento y no busco la comprensión
donde la farsa ha sido persistente.
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