lunes, febrero 10, 2014

Belfast

Cuando me encontraba cursando décimo en el colegio, mi profesor de ciencias sociales que era cocainómano y pertenecía al cine club de la Universidad Nacional, me prestó una película, que en su momento no entendí muy bien. In The Name Of The Father, protagonizada por el que quizá sea el mejor actor de toda la historia, Daniel Michael Blake Day-Lewis. Yo no sabía que existía una cosa llamada Irlanda Del Norte, o el IRA, o una ciudad cuyo nombre sea el mejor de todos los nombre de cualquier cosa jamás nombrada “Belfast”, y mucho menos que allá arriba los protestantes y los católicos no se podían ni ver.

Hace unos pocos días tuve la oportunidad de conocer la Isla Esmeralda, Dublín y sus Pubs. Definitivamente de todas las ciudades que la vida me ha permitido conocer me quedaría con la del trébol. Al final he llegado a casa como una piedra, queriendo caer sobre los brazos de mis amigos de los cuales aún me encuentro lejos. Lo que le resta a este mes son días de polvo y los que ya se fueron se esfumarán como la luz del sol en invierno. Mientras recuerdo los dos millones que murieron en Irlanda debido a la hambruna. 
Trato de acumular el exceso de mi vida. La mujer que me acompaña se a convertido en una extensión de mi carne. Sólo una mente libre es capaz de mentir bien. Inclino la cabeza para poder contemplar los monumentos de hombres que trascendieron mi historia como Joyce o Wilde. Yo que creía que la Guinness donde sea que uno la probara tendría el mismo sabor, pero en Dublín no sólo la cerveza sabe diferente, la vida es completamente diferente, beber no es una actitud es una filosofía de vida. Tal vez este es el pueblo que mejor sabe que la victoria no es avanzar erguido sino saber levantarse después de ser arrastrado por el fango de la historia. 

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