Cuando me
encontraba cursando décimo en el colegio, mi profesor de ciencias sociales que
era cocainómano y pertenecía al cine club de la Universidad Nacional, me prestó
una película, que en su momento no entendí muy bien. In The Name Of The Father,
protagonizada por el que quizá sea el mejor actor de toda la historia, Daniel
Michael Blake Day-Lewis. Yo no sabía que existía una cosa llamada Irlanda Del
Norte, o el IRA, o una ciudad cuyo nombre sea el mejor de todos los nombre de
cualquier cosa jamás nombrada “Belfast”, y mucho menos que allá arriba los
protestantes y los católicos no se podían ni ver.
Hace unos pocos
días tuve la oportunidad de conocer la Isla Esmeralda, Dublín y sus Pubs.
Definitivamente de todas las ciudades que la vida me ha permitido conocer me
quedaría con la del trébol. Al final he llegado a casa como una piedra,
queriendo caer sobre los brazos de mis amigos de los cuales aún me encuentro
lejos. Lo que le resta a este mes son días de polvo y los que ya se fueron se
esfumarán como la luz del sol en invierno. Mientras recuerdo los dos millones que murieron en Irlanda debido a la hambruna.
Trato de acumular el exceso de mi
vida. La mujer que me acompaña se a convertido en una extensión de mi carne.
Sólo una mente libre es capaz de mentir bien. Inclino la cabeza para poder
contemplar los monumentos de hombres que trascendieron mi historia como Joyce o
Wilde. Yo que creía que la Guinness donde sea que uno la probara tendría el
mismo sabor, pero en Dublín no sólo la cerveza sabe diferente, la vida es
completamente diferente, beber no es una actitud es una filosofía de vida. Tal
vez este es el pueblo que mejor sabe que la victoria no es avanzar erguido sino
saber levantarse después de ser arrastrado por el fango de la historia.
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