(La chanson française
#1)
En mis 24 años de vida nunca he
escrito sobre dos temas en particular. Aún no sé si es que no me atrevo o
sencillamente estoy esperando una excusa para hacerlo. Jamás le he dado
letras a mi ciudad natal o a mi madre. Supongo que son temas hieráticos
que mi conciencia todavía espera sacralizar. Hoy no será el día que hable de
ellas.
No sé porque, pero tengo grandes
expectativas de este vigésimo quinto giro al sol. No sé como se han engendrado
en mi mis sueños, expectativas y deseos, pero hasta el día de hoy todos los han
hecho realidad mis padres. Si hay algo que espero de este nuevo año, es cumplir
un objetivo con el sudor de mi frente. He estado tirando la ropa en desorden,
he titubeado hasta su cama, y me he dejado caer sobre ella, sobre la vida
misma. Me he preguntado si acaso existe otra felicidad, una que destruya mejor
el fondo de los corazones. He supuesto que mi devoción es desmesurada. Llevo un
buen rato luchando contra mis palabras y no pienso detenerme, no me importa que
otros miles tomen mi lugar siempre y cuando el mío germine de una locura
inesperada. Esta es una edad en la que vamos a la cama aún sabiendo que
tendremos los ojos bien abiertos durante toda la noche en la oscuridad.
Los años pasan y cada uno está cargado de una fuerza simbólica primordial. Éste último para mi fue el
redescubrimiento de la cultura francesa, en especial la chanson française. En
mi marco de la ventana hay una pequeña flor amarilla que floreció al mes de
haber llegado a Paris. Por las mañanas la veo y creo que esa matera rectangular
es el nido donde se posan mis expectativas. Hace unas cuantas noche volví a
leer a Estanislao Zuleta, su Elogio a la Dificultad, me acordé de aquellas
frases donde nos enseña que los humanos soñamos mal, mis amigos sueñan con la
fama, el dinero, el sexo, yo no sueño, yo construyo mis pequeñas glorias, mis
infinitas grandezas bañadas de miseria. Qué quisiera yo más que sentir que a
ella le importo más que a nadie en el mundo, por lo menos así sintiera que mis
actos están justificados, al final no necesitamos creer para olvidar el frío
del invierno.
Cumplir años no es más que una
cólera sin objeto, es un acto que se encuentra a nuestras espaldas, despojado,
evasivo, incomprensible. Eso sólo quiere decir que amamos la vida y que vivimos
del aire del tiempo. En un día como hoy extraño los muros y las calles que
alguna vez vieron mi niñez. Cada año que paso sin asistir a un matrimonio o a
un bautizo le doy gracias a la vida por tener amigos que no me dan más razones
para reafirmar mi misantropía. Como sí lo logró una jovencita que me preguntó
la semana pasada: –¿Tú por qué sabes
tantas cosas? Y yo le respondí: –Mas
bien es que tú ignoras muchas cosas. Los años de edad pares me parecen que
están ubicados entre los escombros de los años impares, esos años que se
parecen al mundo y al tiempo que los han devastado. Los años primos (2, 3, 5,
7, 11, 13, 17, 19, 23…) que he vivido por otro lado desean ser sólo la sombra
de ellos mismos.
Hoy es un día para revivir el
amor agrio por la vida. Reconocer el mismo miedo que nos ahuyenta la alegría. Ese
mismo que nos cambia los hábitos, las palabras que creemos nuestras, esas que
nos arrastran y nos devuelven al flujo de la existencia. Hoy es un día en que los
vínculos se desgarran, es un momento para los descuidos y los pequeños
arrebatos del alma. Al final todos los años terminan siendo un recuerdo
lejano. A pesar de todo esto aún tolero cumplir años.
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